martes, 10 de junio de 2008

POR SEGUIR...

-Los gringos la juntan en pala, hace veinte días levantaron la soja y esta semana ya sembraron el trigo -sentenció Abelino mientras separaba los trocitos de carne de la bola de grasa- encima después pasan los “mosquitos” que nos bañan de esos venenos...- y cambió rotúndamente de tema: -¡tres pesos con cincuenta y mirá..! -señaló con la punta del cuchillo la olla de fundición llena de grasa- encima nos queda carne para el guiso de lentejas...
Abelino, o el pel
ado como le decimos todos, hace tres años que vive en un rancho de chapas sobre las viejas vías del Belgrano. Es santafesino, del barrio Yapeyu, hace sesenta años que, como sus vecinos, como tantos, corre la liebre y no pasa nada de nada. -Hice de todo, hasta el 2002 trabajaba en un camión, un Renault, el departamento con ruedas le decían en la publicidad de las revistas ¿nunca la vieron? hasta que perdí la vista de un ojo y no me quedó más que rebuscármela por otro lado -se lamenta con la dignidad del que conoció casi todo pero no tiene de nada. Y hace un silencio largo y pesado.
Hoy vive de las changas que encuentra. Guapo con la pala, obrajero experimentado haciendo leña y “bicho” con las ollas y la cuchara. Es un compañero con todas las
letras: conoce asuntos fundamentales de los astros, de los poetas, de los paraguayos; se da maña para hacer de todo. Sabe lo fundamental, lo que algunos olvidaron y otros todavía no aprendieron: que entre todos la carga es más liviana.
Abelino es, sin rodeos, el cocinero agreste de los panes
multiplicadosel comedor y la copa de leche de la Villa Sur Oeste. Como todos los domingos, nos espera para proteger la elemental esperanza que mañana es verde y sol si nos organizamos mejor. Abelino Romero, sesenta años, tez morena, chúcaro pero bueno, sabe lo fundamental.
Y estuvimos y estamos, acompañando la lucha, aprendiendo a organizarnos
, a escucharnos y a tomar decisiones prácticas.
Desde temprano, este domingo anunciaba frío helado en la intemper
ie pero el solcito bueno, acompañó toda la jornada. Algunos, tomamos la pala para cargar y llevar tierra para emparejar el piso de nuestro rancho-copa-comedor-sueño. Otros salieron con botellas y baldes rumbo al molino y cruzar el alambrado y caminar entre pastizales hasta el templo sagrado de las aguas allí benditas. Otros más, a juntarse con los pibes y recorrer el rancherío para buscar a los que faltan y, de paso, invitar a los padres, a las abuelas, a los tíos, que se acerquen a tomar unos mates, que se vengan a dar la mano que nos falta, que tenemos que organizar el ropero comunitario, que hay que terminar de carpir para levantar el parque y la plaza pública y popular de los vientos del sur de la Villa Sur Oeste, villa amarilla y verde luz donde falta casi todo lo que los hombres y mujeres elaboran a diario a cambio de miserables salarios.
Y
los vecinos que empiezan a pasearse con curiosidad y otros que “hola, cómo andan” y ya alguno que se acerca a ofrecer ayuda, su mano, su hombro; otro que se anima a pelear con la desconfianza que lo habita, lo asiste, lo guía y sin vueltas, lacónico: ¿de qué partido son...? Desconfianza fundada en las mil razones del universo, desconfianza crecida al calor (y al dolor) de tantas promesas rotas, de ultrajados sueños puestos en la mesa de los muchos. Desconfianza porque ya no hay más, porque no se puede y me la juego solo y el resto, lo lamento, que se cague... Pero parece que no, que en una de esas, el vecino no es tan jodido como uno cree. ¿Y si por ahí me meto de a poco? ¿Si, después de todo, no soy tan viejo; si a lo mejor con estos pibes ligamos de mano y le hechamos la mentira y el rabón... ? ¿quién sabe...?
Para el mediodía ya somos entre 30 y 40 compañeros. Todos haciendo algo, todos mirándonos con un poco de recelo, midiéndonos, descubriéndonos los rostros, las broncas, c
ontemplándonos los gestos, las palabras, cacheteados por las ingenuidades mutuas. Estar, dice Rodolfo Kusch. Estar en latinoamérica, en argentina, en Santa Fe y en Rafaela-Ciudad-Modelo (“modelo edad media” -dijeron ácidamente y se rieron) Estar en la Villa Sur Oeste donde quién sabe lo que va a ocurrir...
Los pibes jugaban a la pelota, dibujaban el parque que los grandes tendremos que construir, le buscaban nombre a la copa de leche, al comedor. Los grandes cortaban cebollas, calentaban agua, amasaban para hacer las tortafritas, estaban en ronda con un jarrito de vino hablando de bueyes perdidos. Por el camino se acercaba un auto de otras épocas. Venía hasta nosotros. Era un Pastor de dudoso rebaño, o mejor un dudoso Pastor, acompañado de una comitiva. Se bajaron del auto, a saber: el pastor, un guitarrero, chicos panderetistas y un feligrés que por lo bajo y ante cada intervención del pastor, repetía, invariablemente, glosas al Señor de las Alturas. Los muchachos de la Villa comentaban cosas demasiado terrenales sobre el Pastor. Doy Fe pero no me confesaré, ahora.
Cuando los de
l auto partieron, la mesa estaba lista para comer el guiso. Los primeros en probarlo fueron los pibes y algunos compañeros de la juventud de la CTA. Los vecinos no aceptaron el convite. Seguían con sus charlas y miraban de reojo la situación del comedor. ¿Qué será?
Terminaron de comer los chicos, lavaron sus utensillos y sa
lieronpido a jugar. Hicimos circular unos platos con guiso entre el grupo y recién ahí lo probaron.
Como a las 16:00 hs. se acercaron unas señoras en moto, traían bultos de ropa, caramelos y chupetines. Re
partimos a regañadientes, tal vez confusos. ¿De dónde salieron? ¿hoy vienen todos? ¿qué pasó? ¿los manda alguien?. Y otra vez los comentarios de los vecinos, punzantes, aparentemente precisos, lenguas de infinitos filos, cosas para agendar, para pensar... Se fueron las motos.
En la calle los pibes ya habían armardo un rompecabezas de nuestra Argentina, gigante, la más hermosa forma que puede tener un país. Luego la copa de leche, las tortafritas con mermeladas y lavar los vasos y otra vez a jugar, un rato más, que empieza a apretar el frío y ya se hace de noche...
Casi de noche nos quedamos los compañeros de la CTA, Abelino y una familia de vecinos. Siempre hacemos reuniones cuando terminamos la jornada de trabajo. El viento cesa, la noche oculta toda la pobreza que guardan las chapas y esos paraísos que son también la expresión de la pachamama en este pago. Hacemos los cálculos de lo consumido, inventariamos las reservas, comentamos algún suceso particular, alguna dificultad hallada en algún pibe, alguna buena noticia para compartir y nos repetimos, casi ritualmente, que tenemos que continuar aprendiendo a organizarnos más y mejor. Nos saludamos con complicidad. Allá quedaron el pelado, los chicos, los vecinos, el rancho-copa-comedor-sueño, la mesa, la cocina, las herramientas y en fila de bicicletas y motos nos volvimos para nuestras casas.
-Hay que estar acá.
.. -nos dijo la familia antes de salir- mirás para arriba y ves chapa, mirás para los costados y ves chapas... no tenemos nada, no es fácil... pero también te veo a vos, a vos , a vos y a vos, y a todos los chicos que vienen todos los domingos y...
Y tenemos que seguir soñando, con humildad, firmes; seguir aprendiendo por dónde y cómo nacemos felicidad compartida y plural. Seguir. Construyendo. Organización. Desde las bases. Hacia arriba.

2 comentarios :

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  2. I agree with you about these. Well someday Ill create a blog to compete you! lolz.

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