jueves, 11 de septiembre de 2008

COMPAÑERO PRESIDENTE

(Por: Ramiro Ross/Fuente: el ortiba)


Septiembre 11 de 1973. La Alameda se ve sobrevolada por aviones. Avanzan los tanques.


Explosiones... humo... sangre... muerte.


En el palacio de la Moneda de Santiago, Chile, resiste la embestida golpista Salvador Allende.


Es el primer presidente socialista surgido de elecciones (hecho inédito en ese entonces en el mundo).


Septiembre es el mes de la asunción presidencial en Chile.


Tres años atrás (1970), la Alameda era, también, una explosión... crepitaba. Ardía, pero de júbilo. De jubilo popular.


Un profundo latido de pies y manos llenaba las calles. Había llegado el día de septiembre para el hombre de todo el año.


Salvador Allende asumía... el Compañero Presidente.

Tres años han pasado. Nacionalizó el cobre.
Se instituyó un litro de leche diario para los niños.
Se organizaron campañas alfabetizadoras.
Se construyeron viviendas obreras.
Se legisla la reforma agraria.

Todo eso en un marco de creciente agitación de los "momios" (oligarquía chilena) y la CIA (¿hace falta aclarar la sigla?). Orquestando la reacción, conspirando. Se llega hasta a asesinar en un atentado al general Raúl Schneider, comandante en jefe del ejército y leal al presidente.


América era, en los setenta, un volcán en ebullición donde los movimientos nacionales y populares crecían y se afianzaban.

Chile era un ejemplo y un precedente "peligroso" para los pueblos americanos. Era necesario escarmentarnos. ¿Quién mejor que la CIA para orquestar el golpe de estado? Aunque Chile fuera el único país americano donde las fuerzas armadas habían respetado siempre la constitución.
La CIA sabe como mover los hilos. Provoca y estimula la reacción... promueve cacerolazos entre las señoras del barrio alto como protesta ante el racionamiento. Racionamiento que hubo de instituirse cuando el paro de los camioneros (promovido por la CIA), paraliza y aísla a Chile por dos meses y etc...etc. hasta llegar al nefasto 11 de septiembre del '73, cuando las FF.AA. se sublevan contra el gobierno de la Unidad Popular y atacan, salvajemente, por aire y por tierra, el palacio de La Moneda.
Pero el Compañero Presidente no se rinde. Resiste, arma en mano, defendiendo el poder que en él delegara el pueblo. Resiste arma en mano, hasta caer asesinado, porque fue un asesinato a manos de los subversivos. Luego vendría la muerte de Pablo Neruda, que había regresado al país (era embajador en Francia) y que enfermo de cáncer terminal, tuvo que padecer el allanamiento y destrozo por parte de las fuerzas militares de su casa de Isla Negra. Y el Estadio Nacional convertido en campo de concentración con cientos de miles de detenidos... y Victor Jara y sus manos cortadas... y las torturas... y los desaparecidos... cruel preanuncio de las dictaduras sangrientas que impondría el amo del norte al resto de Latinoamérica a partir de entonces con la complicidad de las fuerzas reaccionarias de cada país.

El Compañero Presidente no ha muerto. Es uno más de nuestros referentes gloriosos. Uno más en la lista de los mártires que caen en defensa de los ideales de paz y justicia, de la dignidad del hombre.

¿Cómo pueden morir si sus muertes son toda una actitud de vida?

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