lunes, 3 de noviembre de 2008

CAPRICHOSO DOMINGO DE PRIMAVERA...

Otro domingo de primavera en el Villa Sur Oeste. Domingo inundado de nubes grises que negaban su condición primaveral... Algunas gotas rebeldes repiqueteando en los techos de chapa, una lluvia débil, intermitente, que no quería ser chaparrón, pero nunca se detenía por completo...

El sendero de tierra, se abría fangoso, amenazante, entre hectáreas de campo y una hilera de casillas precarias, olvidadas... Sobre él avanzaba un grupo de compañeros con rostros que delataban cansansio, pero no dejaban de reflejar ese entusiasmo amigo que ya se hizo costumbre, y más que eso, forma de vida.

Abelino los esperaba con el agua caliente para tomar unos "amargos" en esa mañana gris y agobiante. "Igual un buen par de mates nunca vienen mal, ¿no ?". Así las cosas, un rumor alegre de niños que se avecinaba anunció la llegada de Diane y sus hermanitos.

A medida que las nubes se distanciaban unas de otras dejando lugar a un tímido cielo azul, al tiempo que las sombras se hacían más nítidas, entre juegos y risotadas, corridas y pisotones, el aroma a guiso proveniente del rancho del fondo se hacía sentir con mayor insistencia.

"¡ A comeer !" anunció la voz atronadora del Pelado. Ni chicos ni grandes se hicieron rogar. Entre todos prepararon la mesa y se apresuraron a degustar la deliciosa comida preparada por los cumpas.

Luego vendría la hora del descansito, mate y charla de por medio, mientras los pequeños comenzales regresaban a su casa a prepararse para el cumple que tenían esa misma tarde.

Al rato, un par de voces cantarinas se acercarían por el camino, seguido del rugido de una econo roja que contrastaba con el pálido horizonte, ambos sonidos anunciando la llegada de algunas de las compañeras del grupo.

Voces femeninas y masculinas comenzaron a confundirse en una amena conversación donde convergieron diversos temas, el barrio, que dónde están los chicos, ¿ Hay que ir a buscarlos?, qué tal el viaje a Santa Fe, alucinante, quedé muy entusiasmado...

El paquete de yerba El Cimarrón, "esos caballos criollos, no los que fueron traídos de Arabia" explicaba una voz, iba perdiendo contenido, arrugándose de a poco por la carencia de yerba.

"¡Vamos a buscar a los chicos de Villarruel !" anunció Romi, y junto a otra de las muchachas partieron en moto a las infinidades del camino. El resto de los compañeros recibiría una agradable visita, Gilda no sólo llegaría con sus dos bellas hermanitas, sino que esta vez la prole femenina de los Britez se había multiplicado. También venían con ella sus 3 adorables primitas.

Las idas y vueltas en moto se multiplicarían, así también lo harían las exclamaciones infantiles y las risillas traviesas. Entre garabatos y correteadas se avecinaría la hora de tomar la leche y comer las torta fritas con mermelada de cada domingo. Era la hora de sentarse todos. "¡ Todooos a la mesaa!" Era también la hora de compartir, de las enseñazas y, por qué no de algún reto también. "¡Yo quiero una mas ! ", "Sí pero Pao también quiere, vamos a tener que partirla en dos ", y todos sabíamos muy bien que eso no borraría la sonrisita de sus rostros.

El cielo había decidido pintarse de azul y abrazar nuestras pieles expuestas a ese sol gigantesco que reinaba en la inmensidad. El suelo, para no ser menos, también había decidido deslumbrarnos con miles de florecillas violetas y rojas que se perdían en el verde intenso cada vez más tupido bajo nuestro pies. "¿ Pasto?", "Nooo, es lechuga" afirmó Cele con mucha convicción. Cómo discutirle algo.... su sonrisita de dientes blancos y pequeñitos, envuelta por los alegres buclecitos dorados silenció cualquier réplica.

El tiempo no nos esperaba. Las cuatro, como de costumbre, dieron paso a las cinco, y poco a poco llegaba el momento de la retirada. Los hermanitos Villarruel debían regresar a ayudar a su padre, un hombre amable y trabajador, que había colocado sobre sus hombros el peso de una mudanza... no era nada en comparación con otras cargas que le había impuesto la vida. Las pequeñas de Britez, al ver que los otros niños se fueron en moto, decidieron que ellas también merecían el mismo trato. Una vez más el rugido de los motores se confundiría con el zumbido de las abejas que revoloteban entre las flores, las motos iban y venían caregando pequeñitos... Hasta que sólo quedamos "los grandes", y decidimos que, una vez más, era hora de decir adiós al barrio y a toda su magia. También decidimos, una vez más, que no era un adiós, sino un hasta pronto, uno más, como cada domingo, y nos retiramos, con el rostro delatando un cansancio mayor que el de la mañana, pero, sin dudas, ese entusiasmo latente en cada mirada también era más grande...

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