miércoles, 12 de noviembre de 2008

LUCHANDO DESDE ABAJO POR RECUPERAR LA LIBERTAD ROBADA

Y el sol ya no espera a los que madrugan. Días largos estos en los que se trata de construir la historia y ser partícipe de un proceso de cambios profundos y claves en toda América. Percibimos concientemente esta totalidad, pero creemos en la idea de empezar a luchar desde abajo, desde el territorio. Así, compartimos sueñitos con compañeros del barrio Villa Sur Oeste. La copa fue el primero, pero constituye un eslabón dentro de una larga cadena de proyectos que parten de la creciente necesidad de despertares y erupciones de un pueblo oprimido ya hace siglos. Con estas nociones de lucha colectiva, proyectos que se visualizan en lo concreto e ideales de liberación es que nos trasladamos al barrio todos los domingos.

Sentados a la sombra de una tipa, esperamos a Geri, que tras un llamado de Mati, llega en el auto a buscar a compañeros que quedaron a pata. Salimos. La mañana fresca se va lentamente. El sol se hace fuerte más tarde. Con asombro entramos por el camino, ahora reverdecido, que nos conduce a la copa. Nos detenemos un rato a observar, pensamos. ¿En dónde estaba la vida escondida? Y resulta que por estos lados de Rafaela también florecen los árboles. Y lo hacen bellamente, distintamente, pues son libres, crecen y despliegan sus copas lo más alto que pueden. Grietas hondas, complejas marañas de flores y frutos entre campos esclavos de soja. Campos que envidian esos lazos profundos y ancestrales de la naturaleza. Paraísos en este lugar nos silban, recibiéndonos.

Se lo ve a Abelino sentado en la sombra, tras su casa de chapas. Nos espera, impaciente, esperanzado, hoy mansamente. Armamos una ronda y compartimos unos mates dulces. Divisamos enseguida dos caritas sucias con blancas sonrisas. Son Dianela y su hermanito, Joel. Llegan en un triciclo, lo estacionan y pronto se integran con los grandes. Dulces besos de bienvenida, abrazos y caricias de manitos ásperas, maltratadas en pocos años. Manitos que notan la suavidad de otras, las nuestras. Y es en este lugar en donde nos hacemos uno, acarreando diferencias, construyendo igualdad, aferrándonos porfiadamente a ese derecho a humanidad acallado. Saqueada humanidad.

A media mañana llega Ceci, con Maxi y Leo, compañeros de los Centros de Estudiantes de las Escuelas Comercio y Técnica. Junto con ellos salimos a la calle en busca de los chicos del barrio. Mati y Martín se quedan a preparar la comida con el pelado.

Caminando por el kilómetro, parando de vez en cuando a descansar a la sombra de algún árbol, llegamos a la casa de Esteban y Cristian. No hace mucho que están en el asentamiento. Su familia nos invita a tomar unos mates. Los chicos nos alcanzan unos troncos que acomodamos alrededor de una mesa afuera, en la entrada del rancho. Hombre alto, su papá, el que nos cuenta que la noche anterior, en medio de una tormenta, habían tenido que mudar todas sus cosas de un rancho a otro. En plena oscuridad, agachados para que el viento “les pase por arriba”, y sin olvidarse del perro y el loro. Mientras nos relata la hazaña, llega el abuelo, trayendo víveres para la numerosa familia. Se hace evidente un respeto amoroso hacia él. Después de unos apretones de manos volvemos a la copa. Más tarde irían las dos hermanas de los chicos. El hermano más chico no se siente bien, su mamá lo tiene entre los brazos, le acaricia la frente y nos cuenta que anoche tomo frío.

Acalorados y con sed llegamos al rancho de Abelino. Todavía falta para la comida, así que nos vamos para la copa a dibujar un rato. Ceci saca los papeles y trae los colores. Cristian se pone a hacer aviones. Él y su hermano se especializan en construir los modelos que más alto vuelan.

En medio del despliegue de aviones acompañado por sonoros golpes del “sopla moco”, en una esquina de la mesa se lo observa a Leo y a su tímido pajarito de papel recién armado. Entonces se percibe una cierta fascinación en las caritas presentes. ¿Cómo hizo? Y luego descubren que tiene vida, puede moverse y expandir sus alas. Todos tomamos una hoja dispuestos a que Leo nos cuente el secreto. Pajaritos frustrados, otros a medio volar, pero lo intentamos.

Al rato nos damos cuenta que las paredes de chapa interrumpen el paso de un vientito fresco. Ahí nomás corremos a disfrutar de la sombra de un paraíso en el camino. No todos nos quedamos, algunos chicos van a comprar helados de agua que después comparten con todos. Larga espera pero llegó la hora de poner la mesa para comer. Rico olor el de los fideos con salsa y menudos. Olor que despierta ilusiones en las pancitas vacías y trae recuerdos de familia reunida.

Cristian y Esteban halagan al pelado, cocinero aplaudido del día. Es que todo está tan rico, y tenemos tanta hambre. Después de uno o dos platos nos organizamos para levantar la mesa y lavarlos.

Llega el verano y los chicos de la Villa Sur Oeste esperan ansiosamente meterse en el molino, pileta del barrio. Con ropa y zapatillas (aunque algunos toman la precaución de sacárselas) toman carrera y se zambullen en el agua fresca.

Mientras tanto, nosotros nos trasladamos debajo de la espesa copa del ligustrín. Allí charlamos un rato largo, después preparamos unos mates y recordamos quiénes han sido nuestros presidentes en el último siglo.

Llega Romi, con una bolsa de obleas que trajo para la merienda. Ceci va a buscar agua y a la vuelta, pícaramente, tira sobre el Mati lo que le queda en el vaso. Y como todo vuelve en la vida, el Leo iba a terminar de empaparla. Mojada y embarrada entera, ella se resigna. Respiramos algunos, aunque la mayoría estamos alertas, esperando ese baldazo desprevenido.

Abelino se dispone a preparar la leche. Ya están listas las tortas fritas. Romi y Ceci van a sacarles fotos a los chicos que juegan en el molino, y de paso los llaman para merendar. Está tan lindo debajo de este árbol que decidimos poner una mesita en el medio y servir la leche ahí, que ya esta lista. Llegan los chicos, trayendo barro y algas pegadas. Abrimos los paquetes de masitas, cortamos algunas tortas y nos largamos a merendar.

Algunos no pierden el tiempo y después de terminar su vaso corren nuevamente hacia el molino. Los demás esperamos a Sergio, el mayor de los hermanos Pereyra. Tiene que apurarse para ir a vender el pan casero que hace su mamá. Esta vez trae uno para Leo, quien lo comparte con todos nosotros. Nos enteramos que hace unos días Sergio cumplió años. No perdemos oportunidad para cantarle el feliz cumple. Y así se va, con la panza llena y la promesa de una torta para el domingo que viene.

Al ratito llegan los demás, por segunda vez, saliendo del campo. Chicos y grandes hacemos adivinanzas, chistes, relatamos cuentos que nos hacen reír. Mati agarra una ramita y se pone a dibujar en la tierra seca. Descubrimos que no necesitamos de un papel blanco y limpio para crear. Surcos en la tierra representan caricaturas de casi todos nosotros. Abelino se apodera de la rama, que es lápiz ahora, dibuja una línea y pregunta de qué pez se trata. Si, esa “raya” es un pez! Chistes que recuerdan a los abuelos.

Ya la tarde va llegando, acomodamos los platos y cubiertos que estuvieron secándose al sol. Nos vamos con recuerdos felices, como tantos otros que nos da el barrio. Recuerdos compartidos, memoria vívida de la masa que hoy resurge más nostálgica que nunca, de esa libertad robada.

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