miércoles, 24 de diciembre de 2008

SE LLENA EL PECHO DE UN AIRE NUEVO

Caen unas gotas temprano, las nubes están en guerra. Escudos grises que entrañan agua resisten la fuerza del viento. Viento que parece encaminarlas al sureste. Resisten, corren, se agrupan de nuevo se desvanecen. Sol que sale y alienta nuestra partida. Mati y Martín compran unas últimas cositas para la comida. Pronto están en el barrio. Lo encuentro a Juan con su guitarra. El viento toma forma de aire manso en su casa; llena recovecos, se hace suspiro, mueve algunas hojas, es nota y melodía. Las manos de Juan ahora buscan una caja de herramientas. Arregla el guardabarros de su bicicleta. Quizás una vuelta de alambre, que encontró afuera, aguante. Salimos.

Pasamos por una estación a inflar las ruedas. Cruzamos la ruta. Se abre un camino nuevo en medio de un amplio terreno verde, que pronto será infértil. Respira; lo ahogara el asfalto. Manto gris, pesado como plomo, pero que flota, le pertenece al barrio. La tierra llama a la lluvia, extraña, perfuma el aire. Ahora la lluvia sabe que debe partir, caer y hacerse sabia, recorrer el árbol. Pero no se angustia. Pronto se cierra el ciclo y retorna al cielo, al manto plomizo que flota siendo agua.

Nos distingue de cualquier otro ser vivo la capacidad de asombrarnos; podemos abstraer ideas y materializarlas, llevarlas a lo concreto. Formamos parte de un ciclo. Concientemente debemos situarnos en él, respetuosamente también. Tenemos que recuperar líneas de pensamiento antiguas, que se corran de la actual. Consumismo ilimitado, soberbia y desamor han poblado amplios espacios de esta tierra, que todavía respira. Hasta no hace muchos siglos existía por estos lados del mundo, un vinculo profundo naturaleza-hombre, basado en el estudio de astros y estaciones, en el cultivo rotativo y variado, actividades acompañadas de rituales y sacrificios a Viracocha “hacedor del sol y la luna y de todas las cosas que ocupan la tierra”, como forma de prevenir epidemias y hambrunas. Hoy la lógica resulta antagónica. Se somete no sólo a la tierra y a sus recursos, explotados sin límites, sino también a más de la mitad de la población mundial, que vive bajo condiciones de pobreza extrema. Salud y buena vida para unos pocos, que requiere sacrificios a gran escala.

Simulan mar profundo eucaliptos a un costado del camino de tierra. Nos gritan ese vínculo olvidado. Nos recuerdan que aquel indio dejo huella. Sumergidos en este viento que ahora habla, nos encontramos con Walter, un vecino del barrio. Se va a trabajar pero antes conversa con nosotros unos minutos. La charla queda pendiente para su vuelta. Pedaleamos un rato más y llegamos al rancho de Abelino. Martín lo ayuda con las tortas fritas. Robamos algunas que acompañamos con unos mates. ¡Aflojale a la torta che!, advierte el pelado. César esta armando una radio. Hace frío y nos sentamos en la puerta del rancho que nos da cobijo. Llovizna un ratito y el rayo, grieta del cielo, se hace sonido. Pero el tiempo no le impide a Lucas llegar a la Copa, con su mujer y su hijo. Bautista de vez en cuando se arma de coraje y lo invita a Abelino a la pelea. Su risa debe conmoverlo. El pelado acaricia; es que el tiempo y sus historias no han borrado del todo la inocencia. Se ríe y rápido vuelve a lo suyo: el guiso del mediodía. Cuando ya esta listo buscamos platos, vasos y cucharas que llevamos a la Copa para poner la mesa. Esta vez está vacía de risas de chicos, solo Bautista deleita de a ratos (es muy inquieto) los fideos con carne que cocino el pelado.

Antes de sentarnos se larga un chaparrón. Las gotitas de agua fría se escurren por los agujeros del techo de chapa. Martín no puede moverse, dos goteras lo tienen sitiado. Tiras de bolsas en el estante nos sirven para tapar los agujeros. Comemos con gusto aunque a veces el agua se escapa silenciosamente para caer y sorprendernos helada en la cabeza de alguno de nosotros. La falta de electricidad y agua fresca hacen del calor del verano un infierno en el barrio. La lluvia y el viento reaniman cuerpitos agotados.

Después de comer, nos vamos al rancho de Abelino, quien nos prepara otra vuelta de mates dulces. Compartimos cigarrillos armados y algunas fotos del pelado, que recuerda con admirable precisión lugares, fechas y personas. Allí nos quedamos hasta que el sol sale. Llegan Laura y Lara, hermanas, hijas de Quiroga, otro vecino. Cuelgan sus abrigos en el tejido que nos separa del campo. Empiezan, igual que nosotros, a sentir el calorcito. Recordamos que no muy lejos hay duraznos madurando, y corremos a buscar aquel árbol que nos de el postre. Pero todavía están verdes. Quizás en un par de semanas…

Laura tiene tarea de vacaciones. Vamos a su casa a buscar su cuadernito mientras Juan agarra el camino opuesto para invitar a los vecinos a una reunión por la tarde. Entre los yuyos crece “barba de viejo”, que las chicas arrancan y soplan, como al “diente de león”. Sus semillas toman vuelo y la flor, cual pájaro, migra, arraiga y crece en otro lugar.

Cuando volvemos encontramos a los grandes charlando y contando historias, sentados en ronda bajo el ligustrin. En la copa esta Rosa, formoseña de trato delicado y dulce. Sus tres nenas sonríen todo el tiempo. Los besos y caricias de su mamá, de apenas veinte años, moldean personitas transparentes, cariñosas.

No esperamos para largar la leche. Las tortas fritas ya están hechas. Llevamos el dulce y los vasos a la mesa, que se llena de chicos ahora. Cristian le pone mermelada a los pedacitos de torta y con frecuencia se come algunos para calmar el hambre. Nos sentamos a merendar. Algunos toman leche y otros mate. Los chiquitos se enchastran la mermelada en la cara. La realidad se les presenta dulce y viscosa hoy. Pareciera que sólo así se comprende el mundo. Conocimientos que se adquieren del pleno contacto con el entorno, que provienen de la vivencia y los lazos que se guardan en la memoria. Con la panza llena los chicos se van a jugar. Juan se acerca. La reunión se larga a las cinco. Laura pide que la acompañemos a buscar a sus papás, que no están avisados.

A la vuelta, casi llegando a la Copa vemos una ronda amplia de vecinos que se acercan, movilizados por problemáticas que los afectan. Encuentran así, un espacio democrático para exponer ideas y preocupaciones, para depositar esperanzas y sueños.

De a poco nos reconocemos en la lucha. Ya las palabras no nos saben a promesas y los sueñitos no nos quedan tan lejos. Se conjura fuerza de transformación, magia divina, regalo de un Dios que no es más que humildad y amor mutuo, que nos permite prolongar la vida, hacernos eternos. Se llena el pecho de un aire nuevo. El barrio se organiza. Gran cantidad de energía encuentra cauce, propósito de ser. Ya no quieren tomar agua con nitrato y arsénico. Saben ahora que juntos pueden pelear por tarjetas sociales y planes trabajar. Búsqueda común de hombres y mujeres dignos, con derecho a esta tierra.

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