Llegó el domingo. Y con él, el cierre de las actividades de
A media mañana llegamos a la villa y plantamos nuestras banderas. En lo alto del palo, la de argentina. Debajo, la de la Central. Las dos volando en el aire.
Nosotros fuimos ocupando lugares. Algunos cocinando, otros buscando a los compañeritos del barrio para continuar haciendo frente a sus pequeñas luchas: hacer las tareas que las docentes les dieron. Desde abajo, desde las luchas pequeñas, se van forjando las luchas mayores. Las grandes utopías.
El sol se clavó en lo alto del cielo, haciendo arder las chapas del rancho nuevo de nuestra copa-comedor. Nos fuimos sentando a la mesa, el guiso carrero ya estaba listo. Con él fueron llegando al barrio los cumpas de las murgas. Esos que luchan con alegría. Tal como nosotros buscamos luchar.
Todos compartimos el almuerzo. Y luego, a organizar la marcha de la tarde. A organizar el cierre de
El siempre verde una vez más nos agrupó en su sombra. En ronda debatimos y planificamos la actividad programada para las seis de la tarde, en la plaza 25 de mayo. La plaza del centro de la ciudad.
Los vecinitos del barrio, en el camino de tierra, continuaban haciendo las tareas. Otros, jugaban y dibujaban.
Algunos cumpas murgueros volvieron a la ciudad para comprar sus pasajes de regreso y también descansar un poco. Otros decidieron quedarse en el barrio. Sabían que un rato nomás llegaría la hora de la leche. La merienda.
Así, entre los vecinitos del barrio, los cumpas murgueros y los compañeros de
compartimos los últimos minutos en el barrio antes de partir al centro a marchar con alegría. A ganar la calle, que es nuestra.
Los murgueros fueron emprendiendo su retirada pero, como siempre, prometiendo volver.
Quedó en el aire del barrio la esperanza de que en un futuro no muy lejano vuelvan a sonar el bombo con platillo y el redoblante, junto a los murguistas que con sus tres saltos saludan a la barriada agradeciendo poder estar compartiendo junto a ellos el sueño de construir un mundo más justo.



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