Los días se vuelven complicados. El clima se transforma en un ser ciclotímico que cambia de ánimo sin dar explicación alguna. Tormentas, lluvias, el frío durante la mañana y el sol que parte la tierra llegando el medio día. Todo parece conspirar para que los domingos vuelvan a ser días para quedarse en casa, mirando tele, sin nada que hacer, sin chances de soñar.
Pero como somos testarudos, porque creemos que es posible materializar nuestros sueños, transformar la realidad injusta en la que estamos inmersos para hacer de este mundo un lugar más justo, volvemos cada domingo al barrio. Ahí nos esperan compañeros y compañeras que nos ayudan a crecer y nos demuestran que es posible engañar, aunque sea por un instante, a este sistema que nos agobia, que nos hace seres individuales y no sociables. Los miles de millones de dólares, no compran el esfuerzo que un chico de la villa hace para realizar la tarea y la alegría que este tiene cuando reconoce que puede hacerla. No compra la diversión que provoca una partida de truco, los mates de Abelino, la ayuda desinteresada de César, el abrazo y el cariño brindado por Brian, Gastón, Lara o cualquiera de los chicos del barrio. Se pueden interpretar estas líneas como algo pedante, lleno de sentimientos y sin ideas claras, la verdad que poco importa.
Cada domingo nos descubrimos en el otro, como dice Paulo Freire, nos vamos “haciendo” en el “hacer cotidiano”, en la práctica cotidiana. Ese “hacer” nos permite reconocernos en el otro y a su vez forzar nuestras estructuras de clase, empezar a debilitar sus cimientos y así, con el esfuerzo y la ayuda del “otro” poder derribarlas.
Como siempre la mañana comenzó temprano. Los mates, costumbre bella que tenemos en el Sur de Nuestra América, permiten el compartir opiniones, anécdotas. La muerte de Alfonsín y su uso mediático, el control de las masas en
Llegada mitad mañana un grupo de compañeras salen a recorrer el barrio y de esta forma charlan con los vecinos. La idea es realizar encuestas para poder ver nuevamente las necesidades que tienen los vecinos.
Otro grupo se queda en el salón, a medio terminar, para ayudar a los chicos a realizar las tareas de la escuela. Sumas, restas, silabas y palabras sueltas, oraciones, se vuelven comunes y entre todos aprendemos un poco más.
Mientras tanto el mate sigue dando frutos y los compañeros, entre charla y charla, empiezan a preparar el guiso de mondongo que comeremos al medio día. 6 papas, 5 zanahorias, 2 kilos de mondongo, 4 cebollas, media calabacita agua y sal son los ingredientes elegidos. Luego se le sumaran dos paquetes de fideos y muchas ganas de compartir. El “pelado” amasa unas ricas torta fritas.
Llega el medio día, la hora de comer. Los chicos se acomodan en la mesa, los grandes, repartimos los platos. Algunos acompañamos a los chicos, otros comemos de parados. La meza queda chica lo que demuestra que las injusticias son grandes pero en contrapartida nos enseñan que al organizarnos podemos hacer frente a semejantes males. Entre todos configuramos nuevos ambientes, modificamos realidades.
Luego de comer, llega la hora de lavar los platos. Un grupo toma la posta mientras que otro se va a la sombra del siempre verde a jugar unas manos al truco. Los vecinos se acercan, trayendo consigo pan casero y la alegría de compartir la tarde. Algunos compañeros parten hacia la cuidad mientras que otros llegan al barrio.
El compartir se hace cotidiano. Llega la leche “chocolatada” acompañada de tortas fritas y pan casero. A medida que nos vamos encontrando surgen ideas para poder hacer frente a los derechos, exigencias y reclamos que merecen los vecinos y que son negados por el Estado, sea este Municipal, Provincial o Nacional. Agua potable, luz, trabajo, terminar el salón, etc. Todo queda en suspenso, se debe debatir, priorizar, rumiar lo charlado y así poder tomar una decisión certera entre todos. El próximo domingo se decidirán los pasos a seguir.



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