Cada amanecer el sol renace de la muerte que le provoca la sombra de la noche que al nacer parece ser interminable. La gran estrella demuestra su poder en el transcurso del día y le da tregua durante algunas horas a las tinieblas que ve con asombro la fuerza de su rival que a pesar de desaparecer sigue alumbrando. El sol siempre sale y trae vida, ilusión, esperanza.
Desde hace casi un año los domingos arrancan temprano. El sol nos recibe de una manera diferente, se encuentra más alegre. El calor que irradia se hace más presente. No mucho tiempo atrás este día era para descansar, dormir hasta el medio día, comer algo en familia y volver a la cama para escuchar un partido del asenso, ir a ver al club de barrio o disfrutar del no hacer nada. Ese hacer nada que el sistema convierte en productivo sin que nos demos cuenta.
Los domingos hoy por suerte son diferentes. Los fuimos haciendo diferentes con la ayuda de los compañeros y compañeras del barrio. Entre todos nos burlamos de este modelo de mundo precario creado por el capital y sus secuaces.
Los mates ayudan a que las experiencias fluyan. “Entre esto y aquello…” vamos descubriéndonos en las cargadas del compañero que corta las cebollas para la comida o en el sonrisa de la compañera que ayuda a acomodar la ropa donada.
La mañana nos trajo muchas tareas por realizar. Por un lado preparar la comida. Pelar papas, trozar el mondongo, cortar las zanahorias y mezclar todos los elementos en la olla para que la mezcla de sabores despierte la alegría de compartir con el otro. A su vez los chicos, con la ayuda de un grupo de compañeras, hacen la tarea del colegio. Aprenden y nos hacen aprehender experiencias nuevas. El otro grupo de compañeras se encarga de dividir la ropa donada, ver que necesidades tiene cada una de las familias del barrio y buscar la manera de que cada compañero y compañera pueda conseguir la ropa que necesita.
Llega el medio día. Se pone la mesa y se comparte el plato de comida. Luego se levantan los platos, se deja ordenado el salón y se sale hacia calle. Llega la siesta.
Los chicos dispersos por el barrio sienten latir a una “chancha morocha” y al compas de la murga se acercan sorprendidos y alegres. El ritmo del bombo murguero, comandado por Waly, afloja las articulaciones, derriba temores y libera el cuerpo que comienza a dar saltos de alegría. Es el anticipo de lo que va a ocurrir el próximo domingo cuando los compañeros de Suardi den comienzo a los talleres de murga en el barrio.
El bombo suena y la alegría que provoca rescata risas que iluminan el pensamiento y palabras que derriban soledades.
La tarde sigue su curso y con los compañeritos y compañeritas de Villa Sur Oeste nos ponemos a diseñar los bonos que se utilizaran como comprobantes en la venta de pollo asado que estamos organizando con los vecinos del barrio. La consigna es jugar con plasticola y recortes de papel, de diferentes tamaños, colores y texturas. Dibujamos corazones, flores, siluetas o simplemente soñamos en lo que es el desorden del orden.
El día sigue transcurriendo y entre todos termínanos de hacer los bonos. Juntamos los papeles del piso, limpiamos el salón y nos vamos preparando para la merienda. Se sirve la leche chocolatada, acompañada con tortas fritas y mermelada.
Llega la hora de unos mates, de plasmar en palabras y anécdotas las actividades que se hicieron en el día.
El sol empieza a ceder terreno sabiendo que mañana saldrá nuevamente victorioso. Por nuestra parte, volvemos hacia la ciudad sabiendo que no nos vamos, que al organizarnos, nos quedamos con los vecinos del barrio alumbrando las luchas, anhelos y derechos que desde hace casi un año estamos buscando reivindicar mientras nos vamos haciendo en el otro y con otros.
Por suerte el sol sigue saliendo y mientras salga existe la certeza de que podemos construir un lugar más justo, un mundo menos feo, un lugar mucho más bello.



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