El primer sábado de junio amanecería fresco, un cielo límpido que había estado empañado de neblina comenzaba a vislumbrarse de un celeste impecable con los primeros rayos intensos de sol. Esos rayos eran cálidos y ayudaban a descontracturar músculos; rostros que se atrevían a esbozar una sonrisa, piernas que se movían con mayor ímpetu, manos que se abrían y se cerraban en un intento por desentumecerse, pero también en una expresión de fuerza que parecía aclamar "¡manos a la obra!".
Esa mañana nos encontraría de Ricardo alrededor de las nueve, dispuestos a emprender la marcha hacia la copita "
Arribamos a la galería, que esperamos cerrar con el dinero que obtengamos de la venta de empanadas, y fue cuestión de minutos para que el lugar se poblara de niños de todas las edades, con sonrisas de todos los tamaños, y v
oces cantarinas de diversos ritmos y melodías. Wally empuñó su chancha, cual soldado su espada, y una ronda, tímida en un comienzo, comenzó a dibujarse en torno a él. El tamborilleo característico de la murga empezó a hacerse oír en todo el barrio, y a despertar a los pequeños risueños que aún no querían despegarse de la cama. Alguien proponía jugar una mancha algo rara para entrar en calor, la propuesta fue recibida calurosamente y seguida de correteos, trotes y movimientos torpes pero entusiastas. Luego vuelta a la ronda, que se ensanchaba, y también se movía, hacia la izquierda, "¡para el otro lado!", y los saltos, y las patadas, y todos, al unísono, se unieron en el grito de "¡murga!".
Luego de un rato que pareció más corto de lo que había sido, la ronda se disperso al grito de "¡está la lecheeee!", y fue cuestión de minutos para que las comisuras de todas las boquitas se tiñeran de blanco, o de un anaranjado brillante, propio de la mermelada de durazno que embadurnaba las tortafritas que con mucho esmero, y una buena dosis de amor, había hecho Vane. Las jarras iban y venían en un vaivén interminable, las bandejas se cargaban y se vaciaban en cuestión de segundos, y, de a poco, las barrigas se llenabanan de alimento nutritivo y... "¡riquísimoo!"
"Hay que limpiar y trasladar la mesa de lugar" dijo Mati, el solcito estaba muy tentador e invitaba a trabajar en el patio. Había llegado el momento
de decorar las tarjetitas para la venta de empanadas, y todos los pequeños se prestaron con entusiasmo a esta tarea. Se repartieron los elementos, papelitos por acá, plasticola por allá y finalmente, un bono para cada uno. Algunos de "los grandes" nos sumamos a la actividad, mientras otros se dedicaban a tomar fotografías. Los que iban terminando se sumaban a un improvisado partido de fútbol que se había armado al otro extremo del patio. Manitos que trabajaban en la mesa, piernas que se correteaban en el césped, los pelotazos no se hicieron esperar y la pelota rozó peligrosamente más de una cabeza. Fue cuestión de minutos para que Vane, como buena madraza y como buena mujer, pusiera órden. Se llevó la pelota y tema solucionado.
Un potente "bang" resonaría en el centro del patio, anunciando la segunda parte del taller de murga. La ronda volvería a armarse, y esta vez no sólo se movería en círculo bailando al compás de la música sino que se trasladaría a la calle, para contagiar de alegría a toda la cuadra...
Fue una mañana muy hermosa, nos dejó una jornada tranquila y provechosa, que cada uno supo disfrutar y extraer, a su manera, lo mejor de la misma.
Era la hora de partir, momento que encierra siempre una cierta nostalgia, pero también una profunda alegría por cada uno de los instantes compartidos y construidos junto a esa gente maravillosa, grandes y pequeños, que encontramos en ese lugarcito, humilde, sí, precario, sí, pero auténtica morada de un sueño gigantezco.



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