Hay expresiones, movimientos, muecas que demuestran más sentido que un libro entero de oraciones que se conectan entre si para describir nada. ¿Cuántas veces usamos millones de palabras para relatar momentos que nunca llegamos a interpretar de buena manera? ¿Cuántas veces le ponemos nombres exóticos a situaciones que son fáciles de expresar por el simple hecho de creer que para expresar lo simple se lo debe transformar en algo complicado?
Probablemente este primer párrafo tenga algo que ver con ese no poder explicar lo simple de manera simple, lo que no implica que sea algo complejo. Muchas veces nos complicamos a nosotros mismos, nos ponemos trabas para no realizar actos que no son difícil
es de hacer. Hacemos de las cosas simples, situaciones complejas, algo difícil de realizar, de llevar a cabo. Esa complicación, que nosotros creamos, disminuye nuestra posibilidad de acción, nos limita.
Como cada domingo nos reunimos en un lugar común de la cuidad y partimos hacia el barrio. Recorremos calle San Martín (pleno centro), tomamos calle San Lorenzo y nos dirigimos hacia la ciclovía. Terminado el primer tramo del recorrido, cruzamos
Lentamente transitamos el camino de tierra que recorre el barrio. Llegamos a la Copa “
n el nombre de la Copa. Caro y Leo se quedan en el salón, ella ayudando a los compañeritos a hacer la tarea y él comprobando que la cocina funcione correctamente y no tenga perdida de gas.
Por su parte, Martín conversa con César y dá una mano a aquel compañero que lo necesite.
A medida que se van mezclando los sabores del guiso, en el transcurrir de la mañana, las tareas van cambiando. Ya llegó Juan, quien se suma a cada una de las actividades que vamos realizando.
En un costado del salón, Brian le enseña a Leo como tiene que encender el fuego y de qué manera se tienen que acomodar los troncos para que los mismos hagan braza y podamos asar los chinchulines. Juan y Martín se suman a esta travesía y entre todos vamos compartiendo el momento.
Llegado el medio día, se pone la mesa y compartimos el alimento que con esfuerzo hemos preparado. Con las panzas ll
enas, un grupo se va a hacer la digestión bajo árboles sin hojas, mientras Pauli, Martín y Heraldo, acompañados por algunas compañeritas del barrio, lavan los platos e instrumentos de cocina.
Mientras descansamos a las sombras del sol vamos organizando como continuar con las tareas planificadas.
A las 15 horas empieza a sonar la chancha muguera, "El Morocho". Nos reunimos todos en la calle para dar comienzo al tercer encuentro de los Talleres de Murga. Hacemos una ronda y mientras escuchamos el ritmo que sale del bombo corremos y bailamos, aflojamos las articulaciones, alegramos el cuerpo.
Luego formamos otra vez una ronda y escuchamos atentamente a Ana que nos cuenta una historia. En ella se
relata cómo animales se juntaban a bailar y a disfrutar del latir del corazón de la tierra. A través de este cuento nos enseñan tres pasos murgueros, los cuales se representan como, “el paso de las hormigas”, “el paso de los monos” y “el paso de los gatos montes”.
A medida que vamos aprendiendo cada movimiento vamos intentando hacerlos nuestros, perder los miedos y la vergüenza, desestructurarnos.
Marchamos por la calle de tierra, coordinando nuestros movimientos. El taller sigue su rumbo y vamos comenzando el final del día. Para el final queda unir fuerza para guardar la chancha murguera y que su alegría quede almacenada en cada compañero y compañera hasta el próximo encuentro.
Cansados pero alegres por el cansancio, preparamos la leche y compartimos la meriend
a. Luego un grupo sale hacia la ciudad mientras que otro se queda en el barrio y conversa con el grupo de mujeres para definir cuestiones organizativas que tienen que ver con el Viandero "Sueño de Niño".



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