Es importante reconocer que muchas veces nos dejamos guiar por las apariencias. Muchos de nosotros provenimos de una familia de clase media, esa que piensa con la cabeza de los que más tienen y sueña con la vida de los más pudientes, pero que comparte muchas de las miserias y desgracias con las llamadas clases populares. Como dice Paulo Freyre, todo oprimido alberga en su interior a su opresor y aunque odiemos y defenestremos a ese ser que llevamos dentro, en ciertas ocasiones él nos gana la batalla y nos convertimos en aquello que odiamos.
Resulta curioso cómo ese ser siniestro va creando patrones que nos alejan, que nos vuelven seres individuales, personalistas, avaros de corazón y espíritu. Patrones que determinan nuestra forma de relacionarnos, de conocernos, de trabajar en forma conjunta con otros para lograr el bien común. Seres que no permiten crear con “otros” un lugar mejor.
Hace tres semanas organizamos, con las compañeros y compañeras de la Copa de Leche “Estrella Azul” una venta de empanadas para que con lo recaudado podamos mejorar las condiciones edilicias de la Copa. Hace tres semanas uno no podía ni siquiera imaginar lo que viviría en estos días. No podía sospechar que el intervenir y transformar la realidad nos posibilitaría hacer tambalear con tanta fuerza esas estructuras opresoras que nos constituyen.
No se imaginaba cómo niños, que por muchos son considerados diablos, demostrarían que son seres humanos maravillosos, que por ser humanos tienen sus diabluras. Como una familia, considerada para muchos disfuncional, demuestra que funciona a su manera. Como un hombre que vivió hace 2000 (y en algunos casos sigue viviendo) se hace presente en lugares tan disimiles pero que contienen a personas de un mismo sector social. Como el sistema capitalista demuestras sus fallas y posibilita que soñemos y podamos construir, a través de la puesta en práctica de los sueños colectivos, un lugar mejor. Como nos humanizamos y endurecemos sin perder la ternura y la alegría de luchar por un mundo menos feo, por un lugar más justo.
Es la tarde-noche del día sábado. Tal como se había planificado, Juan y Leo salen hacia Barrio Barranquitas llevando consigo ollas y tapas de empanadas. Anteriormente Geri y Martín habían acercado los demás ingredientes a la casa de Vanesa.
Entrar al barrio de noche nos es una tarea común. Los prejuicios, fundados o no, nos producen ciertos malestar, cierto temor. Uno no se siente del todo cómodo. Al llegar de Vanesa el corazón se calma un poco, empieza a latir con más normalidad. A medida que vamos conversando, nos vamos soltando y vamos aprehendiendo prácticas que nos parecían ajenas pero que en realidad no lo son tanto. Dani, Mati y los Melli (todos hijos de Vane) se suman a las tareas que vamos realizando. Descubrimos que los supuestos diablos están dispuestos a ayudar desinteresadamente, a expresar muestras de cariño y afecto que regocijan el cuerpo y el alma.
Mientras se cocina el relleno, un juego de naipes se hace presente. Las
cargadas sanas se vuelven cotidianas. El Barrio, caratulado como peligroso, se encuentra sereno. Se escucha un silencio de paz y tranquilidad.
Ultima partida de naipes, el relleno ya se ha cocinado. Nos ponemos de acuerdo, diagramamos las tareas para el día domingo.
Si habláramos en jerga religiosa, por esta noche, nos volvimos una comunidad. Convivimos en común unión, formando un solo cuerpo que posibilitó trabajar de manera armoniosa, aprovechando las potencialidades de cada uno para formar ese “todo” superador.
Volver hacia el centro rafaelino plantea otras tareas. Cada compañero tiene sus obligaciones y por ende las debe cumplir. Este sábado es Corpus Cristi, celebración religiosa católica. Por la noche, como cada año para esta fecha se realiza la explosión del Santísimo (Cristo Consagrado) en Catedral.
Sepa señor lector que en este fragmento del relato me expresare en primera persona, haciendo caso omiso a las reglas gramaticales. Sepa, a su vez, disculpar mi atrevimiento pero por el momento no encuentro otra forma para describir lo que se narrará.
Al ingresar a Catedral, me dirigí hacia el sagrario y deposite mi mirada en Cristo Consagrado. El reconocer en ese simple pedazo de pan a Jesús suele calmarme, tranquilizarme, llenarme de paz.
Al pasar los minutos me siento extraño, algo no funciona como debe ser. El cuerpo consagrado se vuelve pan. Las estructuras bañadas en oro, el mármol del sagrario, el techo abovedado, el piso forrado con tela roja causa malestar. Las dimensiones y la opulencia del templo incomodan. Mi ser no se siente cómodo. Busco el por qué de ese malestar, las respuestas tardan unos segundos en l
legar.
Me doy cuenta de que en el barrio me sentía en paz, me sentía más a gusto, más sereno, más tranquilo. Me pregunto el porqué de ese cambio y me doy cuenta que aquellos valores y aquella humanidad que admiro de Jesucristo se hizo presente en Barranquitas. En aquel lugar en donde supuestamente viven los marginados, los excluidos, los “cabecitas negras” que no sirven para nada, los culpables de todos los males, se hizo presente aquel que para algunos venció la muerte y que para muchos fue fiel practicante a las expresiones más humanas que pueden realizar hombres y mujeres: amor, justicia, humildad, solidaridad, igualdad, esperanza. Aquel que eligió ser pobre y humilde para demostrar su grandeza, aquel que vino a liberar al hombre de la opresión a la que por el hombre es sometido comenzando esa liberación desde los siempre olvidados.
Nuevamente centro mi mirada en el Pan Consagrado. Observo a mí alrededor y veo a jóvenes orando, reconozco que Cristo se encuentra presente también en ellos. Conozco a cada chico que está a mi lado. Todos son de Barranquitas y barrios aledaños. Termina la adoración y vuelvo a casa con una sensación rara.
La mañana del domingo comienza temprano. A Juan y Leo se les suman Martin y Nicolás.
Al llegar a casa de Vanesa vemos que la anfitriona ya ha comenzado con el armado de las empanadas. Juan, con sus manos magicas, se encargara del repulgue. Martín, Nico y Dani, ayudados por Macarena, acomodarán las tapas de empanadas y cerraran las mismas con agua. El relleno estará a cargo de Leo mientras que los Mellis y Mati (hijos de Vane) acomodarán las empanadas, con repulgue ya hecho, en una fuente. Vane coordina la tarea, enciende las hornallas y se pone a cocinar.
Con la ayuda de todos dividimos las tareas para que la carga sea menos pesada. Se termina con el armado, sólo queda “la fritanga”. Juan parte hacia Villa Sur Oeste, el resto de los compañeros se encuentran en la Copa trabajando como cada domingo. Los demás se quedan en lo de Vane para dar una mano en lo que la cocinera necesite.
Llega el final del día. Uno vuelve a su hogar extenuado, cansado pero
humanizado. El hombre que vivió hace 2000 años y se hizo presente en dos lugares diferentes, los supuestos diablos que demostraron ser niños de carne y hueso, el Barrio del miedo que estuvo en silencio, la familia disfuncional que funciona a su manera, los compañeros y compañeras que doblegan su esfuerzo en pos de la vida en común unión. El disfrutar de una mano de naipes, las cargadas sanas, las experiencias narradas, el experimentar en la práctica conceptos que muchas veces solemos usar en lo abstracto, nos vuelven mejores personas. Mejores sujetos que a pesar de tener a ese ser opresor dentro estamos dispuestos a dar pelea en la práctica cotidiana derrumbando esas estructuras que nos oprimen, a la par de compañeros y compañeras que están convencido de que debemos transformar la realidad para poder lograr ese sueño colectivo de país que desde hace 200 años nos viene negando. Ese sueño que represente a las mayorías, a los que siempre fueron olvidados y silenciados. Esa utopía que recupere luchas de todo hombre y mujer que ha pisado este mundo y ha querido que el mismo sea de todos y no de sólo algunos.



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