Creer en el pueblo es la condición previa, indispensable, a todo cambio revolucionario. Un revolucionario se reconoce más por su creencia en el pueblo que lo compromete, que por mil acciones llevadas a cabo sin él. Esto afirma Paulo Freire en su libro “Pedagogía del Oprimido”, y en tal sentido agrega: decirse comprometido con la liberación y no ser capaz de comulgar con el pueblo, a quien se continúa considerando absolutamente ignorante, es un doloroso equívoco.
Con estas palabras resonando en nuestras cabezas, asumimos los días, emprendemos nuestras luchas, nuestras revoluciones. Tal vez pequeñas, pero cargadas con la esperanza de que, de los brazos de los trabajadores de nuestra tierra, nuevamente florezca un país que nos abrigue a todos: Justo y Solidario.
Como un granito más de ese andar con los otros, es que bien temprano, un domingo más, pisamos los barros del Villa Sur Oeste. Sumamos nuestro esfuerzo para, junto a los vecinos, dejar constancia en las páginas de la historia del barrio que cuando los sueños se nutren
del trabajo colectivo la realidad cambia. Se transforma. Y entonces la terquedad de plantar un horcón en el medio del “desierto”, como símbolo de la copa-comedor que allí nacía, logra florecer una vez más para concretar el anhelo de agua potable para las casi treinta familias que viven al sur oeste de Rafaela.
Ahí están los pibes del barrio, los vemos a lo lejos mientras recorremos el camino que nos conduce a “
Hay que empezar a preparar el guiso que calentará, junto al sol guardián, nuestras panzas. También hay que amasar, para que la grasa caliente haga lo suyo y las tortas fritas es
tén listas para el mediodía. Los cumpas van afrontando las tareas. Pero no lo hacen solos. Los pibes del barrio también trabajan. Cocinamos juntos lo que será nuestro almuerzo. Así, la mañana emprende su curso de trabajo compartido. Así, las cucharas emprenden luego su vuelo, del plato a nuestras bocas, vestidas con el alimento que nuestras manos han parido.
Dos oraciones más de la historia del barrio quedan escritas al cruzar el mediodía de este domingo. A seguir escribiendo entonces, ahora a partir de la charla compañera con César, Abelino y Roberto. Bajo el siempre verde y al reparo de su sombra, dialogamos, ponemos al mundo en palabras. Simples palabras, pero cargadas de sentido. Las historias individuales y las anécdotas pasadas están siempre presentes, cada c
ompañero comparte la suya al resto de los que allí están. De los que allí conversan. Aparece también la queja porque mañana ya es lunes. Y el trabajo que siempre es mucho y la paga que siempre es poca. Y a revolear baldes otra vez, como la semana pasada, que hay que parar la hoya.
Sobre el camino, los pibes retomaron sus juegos. Y ahí están ellos, creando su mundo propio. Y nosotros continuamos pisando los barros del Villa Sur Oeste, codo a codo junto a los vecinos, apostando a la construcción de un país justo y solidario. Al igual que los pibes, en nuestro andar cotidiano junto a otros, vamos creando otros mundos posibles. Otra Argentina posible.



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