miércoles, 16 de septiembre de 2009

CUANDO EL HACER SE HACE PALABRA

Muchas veces hablamos, escribimos o escuchamos, sin hablar, escribir o escuchar. Es una cualidad rara que tiene el ser humano. Cualidad que muchas veces nos engaña y con la que engañamos a los demás.

Muchas otras veces cuesta escribir porque no se tiene mucho que decir. Por ende se repiten oraciones e ideas que ya fueron escritas. Hace algún tiempo, un profesor al realizar la devolución de un trabajo práctico me decía “usted siempre escribe sobre los mismos temas, siempre escribe las mimas cosas, sus escritos siempre son iguales”. Recuerdo que ese día me enoje mucho conmigo mismo y por varias semanas no escribrí absolutamente nada. Estaba indignado porque supuestamente no había podido describir nuevos conceptos, enfatizar mi escrito en nuevos puntos de vista, renovar sueños y anhelos.

Es sábado por la mañana. Un grupo de compañeros se reúne en la esquina de calle San Martín y Tucumán, la Casa de la CTA Castellanos. Buscamos las bolsas con tierra, la materia orgánica para realizar el abono, las semillas de lechuga y rabanito que van a ser sembradas y partimos hacia la casa de Vane.

Al llegar a la Copa “Estrella Azul” el que nos recibe es Dani, el hijo mayor de la compañera Vanesa. Mientras algunos “cumpas” prenden el fuego, buscan las facturas y acomodan la mesa, otros van a hacerle unos mimos a Vane que se encuentra postrada en la cama. Siente un dolor intenso en su tobillo derecho el cual se fisuro o quebró (por la hinchazón todavía no le pudieron diagnosticar que es lo que le ocurrió) jugando a la pelota. Resulta interesante conversar con ella, a pesar del dolor sigue desparramando alegría a “troche y moche” y esa es una de las enseñanzas que constantemente nos deja. A su vez sigue siendo madre y gracias a los gritos que pega desde la pieza los chicos le hacen caso y se tranquilizan.

La leche ya esta lista. Cada chico se acerca con su vaso, busca una factura y desayuna, mientras conversa con el que tiene a su lado. Los más grandes también desayunamos y nos mezclamos con los más niños y entre todos vamos organizando la actividad que durante la semana fueron pensando los compañeros del área de recreación.

Terminado el desayuno nos dirigimos hacia el patio. Buscamos los cajones de manzana que dejamos preparados hace una semana y nuevamente removemos la tierra para que se airee. A medida que un grupito trabaja la tierra, el otro sigue haciendo el abono con la materia orgánica que se ha recolectado.

Mientras trabajamos y nos ensuciamos las manos, vamos charlando, conversando, preguntando y repreguntando, conociéndonos y encontrándonos. Diciendo y haciendo, oyendo y haciéndonos oír. Recuperamos saberes que vienen incorporados con nosotros y que tienen millones de años pero que guardamos en cajones porque los creemos obsoletos. Socializamos ideas, sueños y anhelos, compartimos experiencias, nos vamos haciendo en el hacer.

Llega el momento de esparcir las semillas, luego taparlas con tierra y agregarle el abono que hemos preparado. Sobre el final le ponemos nombre a los cajones, los llamaremos: Limonada Rabanito y Bartolomé Lechuga.

Terminada la actividad los chicos se van despidiendo. Son las 11:20 de la mañana y muchos van al comedor de una parroquia que queda en el barrio. Los más grandes no vamos a la pieza de Vane y nos quedamos un rato haciéndole compañía. Alguna que otra cargada, muchas risas y nos despedimos.

Un nuevo sábado ha pasado. Y si estuvieron atentos notaran que, por suerte, pude escribir algo diciendo mucho. Y pude hacer esto porque desde hace más de dos años, conjuntamente con un grupo de compañeros empezamos a aprehender que además de decir es importante hacer. Que a medida que nos vamos haciendo, vamos profundizando conceptos, sistematizando ideas, apuntalando anhelos y sueños. Vamos renovando utopías, descubriéndonos en el otro y con otro, forzando la realidad para que sea un poquito más justa.

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