Hay veces que no sabemos qué escribir, qué decir, que expresar, qué opinar, por qué estar felices, alegres, por qué llorar, por qué reír. El andar acelerados nos roba ideas, quita pensamientos, aísla conceptos. Somos una sociedad acelerada, que nunca se detiene.
El ideal de progreso indefinido implantado como una de las ideas centrales del sistema capitalista y materializado en la década del 50 caló hondo en cada ser que habita estas pampas. Si a eso le sumamos el fatalismo expresado en el fin de la historia, la supremacía del mercado y otras tantas mentiras creadas por el Capitalismo y su faceta Neoliberal la cosa se complica aún más. El vivir acelerados es una forma mentirosa de escapar a esta lógica. Mediante esta vía lo que se busca es borrar toda huella de humanidad que tenemos para convertirnos en seres amorfos, en simples objetos que no sienten y de esta forma ser pasivos, simples espectadores ante el sufrimiento de otros. Sufrimiento que con el solo ser sentido y compartido se transformaría en sufrimiento colectivo el cual puede ser motor de transformación y cambio, para citar un ejemplo.
Es sábado por la mañana. En este caso el no parar funciona de manera inversa, uno no quiere salir de la cama. El reloj suena y existe una fuerza que nos dice quedate acostado, no te levantes. Igual uno, gracias al ejemplo de muchos compañeros y compañeras sale de la cama.
Nos encontramos en la esquina de San Martín y Tucumán (hogar de
Llegamos a casa de Vane, buscamos las facturas, calentamos el agua para preparar la leche, acomodamos la mesa y vamos recibiendo a los chicos que lentamente se acercan. Detenemos nuestra marcha y los es
cuchamos, y a su vez ellos nos escuchan. Nos reencontramos en las risas, en el juego, las cargadas. El estar más serenos permite observar detenidamente situaciones que el vivir acelerados no permite que veamos, situaciones que permiten que crezcamos como seres humanos, situaciones que al ser tan simples se transforman en complejas.
Mientras se toma la leche un grupo de compañeros vamos hacia el patio y vemos como recrear el espacio con el que disponemos para realizar una huerta orgánica. “Vamos a necesitar tierra para nivelar el suelo”, “yo me encargo de conseguirla”, “en la semana nos reunimos y nivelamos todo para que los chicos empiecen a trabajar la tierra el sábado…va, a jugar con la tierra” ; son las oraciones que se entremezclan en un pensar colectivo.
A medida que los chicos van terminando la leche se dirigen hacia el patio. “Que vamos a hacer preguntan”, preguntan. “La semana que viene retomamos el trabajo con la huerta” es la respuesta más fácil que encontramos. Se escucha un “Ahhh…pero ahora que hacemos” y la respuesta es; “juguemos a algo”. Inmediatamente un grupito de cumpitas del barrio se abalanzan sobre Le
o y hacen una montaña humana. Luego intentan hacer lo mismo con Vane pero la dueña de casa sale ilesa. Nuevamente se dirigen a Leo que cae derrotado. Las risas, se multiplican cuando cada compañerito ve las fotos y las filmaciones que se registraron en la cámara fotográfica.
Continua la mañana, la cual no se detiene por nada. Llega el medio día y nos vamos despidiendo, algo triste porque nuestro día termina en el copita pero contentos porque volveremos, porque como siempre volvemos.
Llegamos a Nuestra Casa, en San Marín y Tucumán, nos serenamos, detenemos el tiempo y pensamos. Reímos y contamos nuestra experiencia de encuentro con otros que por suerte siempre termina convirtiéndose en nosotros. Por la tarde nos espera un taller de formación, la reunión de cada sábado y otras tareas pero por suerte antes compartimos unos ricos choripanes, detenemos la bocha y mientras detenemos el tiempo recordamos que no vivimos acelerados sino que trabajamos para vivir más tranquilos, para humanizarnos y de esta forma humanizar todo aquello que tenemos a nuestro lado.



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