Recuerdo este domingo lleno de momentos simples. Acciones ya cotidianas. Vecinos conocidos, grandes amigos, grandes pequeños amiguitos. Olores. Sabores. Comidas. Costumbres.Pero decía un famoso periodista que no hay que perder la capacidad del asombro. Entonces llegamos, y ese vientito suave, mañanero, acariciaba nuestros rostros. Los primeros mates con los vecinos, en cada casa. Las conversaciones cotidianas, los hijos, los problemas, las cosas lindas. El agua, el barrio, y miles de temas en busca de soluciones.
Charlas y charlas nos llevan al cancionero popular. Al Armando Tejada Gómez, a sus sabias letras. Resuena en nuestros oídos su “Copla al viento”, “del mismo modo que el viento no anda por andar nomás.” Los silencios, las pausas, los pasos lentos pero firmes que dan los vecinos son seguros. Somos como él porque “ellos no saben que al viento nadie lo puede atajar, va, va.”
Arriba, basta de charla y a hacer la comida. Las actividades cotidianas de la cocina nos volvían a unir, compartir, trabajar en equipo, todos nos necesitamos, no podría cocinar para el barrio un solo compañero. Y así lo habitual se resignifica día a día y en cada acción, en cada palabra nos deja una nueva enseñanza.
Mientras tanto los “gurises” llenaron el rancho. Y ¡a jugar! Algunos hicieron tareas y otros comenzaron un gran partido de fútbol. Sabemos la importancia que ha tenido siempre el deporte para el desarrollo y la inclusión de los niños. Niños que en nuestra ciudad han quedado sin la posibilidad de ser parte de un club, y de todo lo que esto significa. El deporte libera, une, nos integra a la sociedad y nos hace sentir parte de ella.
Cuando la comida estaba lista, pusimos la mesa. Llamamos a los chicos. Nos lavamos las manos y nos sentamos a disfrutar del exquisito plato.
Cesar, padre de tres chicos, estaba almorzando allí junto a su familia, comenzó a relatar historia de su infancia, de su abuelo, los juegos que tenía, las frases, las costumbres. Todos, incluso los niños, estábamos muy atentos al relato. Así verificamos una vez más que la oralidad sigue siendo la elegida para la transmisión de la tradición de generación en generación.
Por la tarde llegaron dos extraños visitantes.
Eran dos títeres que vinieron en busca de su familia. Nos contaron su historia. Venían de muy lejos, eran del Chaco. Como no los encontraron con los chicos y algunos padres empezamos a hacerle la familia. Este fue el primer paso, el primer acercamiento a los títeres, cada uno lo confeccionó a su gusto. Todo se podía elegir, podíamos decir lo que queríamos, vivir donde queríamos, ser como queríamos. Nada estaba determinado, nos animábamos, grandes y chicos, a soñar y en nuestros ojos la lucecita de la esperanza comenzó nuevamente a brillar. Y así seguimos volando, como el viento, nadie nos puede parar. Y, del mismo modo que el viento, no andamos por andar nomás.
Charlas y charlas nos llevan al cancionero popular. Al Armando Tejada Gómez, a sus sabias letras. Resuena en nuestros oídos su “Copla al viento”, “del mismo modo que el viento no anda por andar nomás.” Los silencios, las pausas, los pasos lentos pero firmes que dan los vecinos son seguros. Somos como él porque “ellos no saben que al viento nadie lo puede atajar, va, va.”
Arriba, basta de charla y a hacer la comida. Las actividades cotidianas de la cocina nos volvían a unir, compartir, trabajar en equipo, todos nos necesitamos, no podría cocinar para el barrio un solo compañero. Y así lo habitual se resignifica día a día y en cada acción, en cada palabra nos deja una nueva enseñanza.
Mientras tanto los “gurises” llenaron el rancho. Y ¡a jugar! Algunos hicieron tareas y otros comenzaron un gran partido de fútbol. Sabemos la importancia que ha tenido siempre el deporte para el desarrollo y la inclusión de los niños. Niños que en nuestra ciudad han quedado sin la posibilidad de ser parte de un club, y de todo lo que esto significa. El deporte libera, une, nos integra a la sociedad y nos hace sentir parte de ella.
Cuando la comida estaba lista, pusimos la mesa. Llamamos a los chicos. Nos lavamos las manos y nos sentamos a disfrutar del exquisito plato.Cesar, padre de tres chicos, estaba almorzando allí junto a su familia, comenzó a relatar historia de su infancia, de su abuelo, los juegos que tenía, las frases, las costumbres. Todos, incluso los niños, estábamos muy atentos al relato. Así verificamos una vez más que la oralidad sigue siendo la elegida para la transmisión de la tradición de generación en generación.
Por la tarde llegaron dos extraños visitantes.
Eran dos títeres que vinieron en busca de su familia. Nos contaron su historia. Venían de muy lejos, eran del Chaco. Como no los encontraron con los chicos y algunos padres empezamos a hacerle la familia. Este fue el primer paso, el primer acercamiento a los títeres, cada uno lo confeccionó a su gusto. Todo se podía elegir, podíamos decir lo que queríamos, vivir donde queríamos, ser como queríamos. Nada estaba determinado, nos animábamos, grandes y chicos, a soñar y en nuestros ojos la lucecita de la esperanza comenzó nuevamente a brillar. Y así seguimos volando, como el viento, nadie nos puede parar. Y, del mismo modo que el viento, no andamos por andar nomás.



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