lunes, 11 de enero de 2010

ALEGRÍA QUE REFUNDA

Risas se escuchan de fondo. Algunos estamos saltando la soga, compitiendo de aparejas –un grande y un chico- para ver quienes saltan más veces. Otros, bajo la galería, reparan y rediseñan de manera conjunta y organizada el cartel de nuestra copita, el cual se encuentra maltratado a causa del viento y de no tener una buena base que lo sostenga. A medida que pasa el tiempo, algunos de los que estamos saltando vamos a dar una mano con el cartel, y otros que rediseñan se toman un recreíto y van a jugar.
A pasado mitad mañana, todos y cada uno de nosotros fuimos aportando parte de nuestro ser para conformar ese “nosotros colectivo”. Lo fuimos haciendo en el encuentro con el otro. Encuentro que refunda nuestro ser, que nos permite pesarnos nuevamente, recrearnos desde una perspectiva diferente a la que nos condiciona el capitalismo. Por un momento logramos atenuar en nuestras cabezas y corazones el cinismo macabro de la competencia, del tener y el sálvese quien pueda que plantea el sistema. Sin desconocer que este “ser despiadado” atraviesa cada una de las dimensiones que nos conforman y condicionan, encontramos maneras de librarnos, de repensar nuevas formas de encuentro.
Al llegar al barrio Vane nos recibe con cara de sueño, la que provoca risas y alguna que otra cargada. Los chicos se acercan hacia la copita y de apoco vamos descubriéndonos en la palabra. Palabra que funda la comunicación verdadera, la puesta en común de ideas, el compartir sueños, alegrías y tristezas.
Un grupito se queda bajo galería conversando, los más valientes van hacia la huerta a limpiarla de maleza, bajo el sol que a medida que llega el medio día va mostrando su fuerza, maltratando un mundo que se encuentra deteriorado por la negligencia de los que más tiene y la pasividad de las grandes mayorías que por culpa de los primeros y sus propias limitaciones no puede todavía organizarse y luchar por el bien común.
La huerta crece lentamente. Los rabanitos están casi a punto, la lechuga sale lentamente de su escondite, las hojas de acelga demuestran grandeza, mientras que poco a poco crece la flor del zapallito. Dani, que por este entonces está durmiendo, se encarga de cuidar la huertita durante la semana. Él, con la ayuda de Vane, plantó tomates cherry, cebolla de verdeo, chaucha de metro y maíz, los cuales lentamente empiezan a dar sus primeros brotes. El catalogado como terrible del barrio, se encarga de regalarle vida al patio de su casa y a las plantas que crecen en él.
Minutos antes de escuchar la voz de Vane que indica que la leche esta lista, todos estamos bajo el tinglado, escuchando a Ale y Fani que leen cuentos. En el patio solo están Kevín y Leo que juegan con una pelota de tenis. Luego se suman Eze, Leo, Ernesto y Juancito. Ya no se juega con la pelota, sino que ahora se puso en marcha jugar a “Ladrón y policia” y luego unas carreras de embolsados. Se escucha “ganador sigue” y entre golpes, caídas, choques y risas sigue pasando la mañana.
“La leche está lista”, resuena como grito que rompe con el silencio de panzas que tienen hambre. Uno o dos vasos de leche y un par de facturas llenan el estomago para poder seguir la mañana.
Concluido el desayuno ocurre lo narrado en el primer párrafo. A lo planificado durante la semana se le fue sumando la improvisación, no improvisada, de la alegría que se funda en el reconocernos en la presencia del otro. No es casual que el encontrarnos permita recrearnos, el capitalismo es una máquina de crear situaciones que nos individualizan, que atonomisan nuestro ser en el mundo distanciándonos del otro. Estamos siempre sueltos, siendo maltratados porque no tenemos un soporte, algo o alguien que nos sostenga, que nos contenga, personas que compartan nuestras penas y alegrías, nuestro bello sufrimiento de existir en el mundo.
Sigue transcurriendo la mañana. Quienes saltaban, algo cansados se resguardan a la sombra y ven como se están dando los últimos toques al nuevo cartel de nuestra copita.
Mati, aprovechando su altura cuelga el cartel y el aplauso invade la casa de Vane. Fotos y felicitaciones a quienes realizaron el trabajo. Luego todos nos amontonamos y vemos, en el pequeño visor de la cámara, las fotos que se fueron sacando a media que saltábamos la soga. Nuevamente risas, cargadas y la alegría del compartir con otros refundan nuestro ser, nos humanizan y recuperamos energías.
Llega el medio día y es hora de partir. Los chicos ya se fueron hacia sus casas, nosotros estamos por salir hacia las nuestras. Recorremos las calles del barrio y sentimos que algo cambio, que fuimos refundados, que derrotamos por unos instantes nuestros miedos y fuimos verdaderamente humanos y que lentamente vamos construyendo con otros ese soporte que nos permite seguir andando.

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