Canción siguiente suena la fusión cuarteto-mambo de Banda XXI, y Leo intenta hacer un paso que nunca le saldrá. Luego aparece Makano, y con “Te Amo” provoca risas y movimientos tímidos en las más chiquitas que empiezan a demostrar como los sectores populares saben mover su cuerpo para poder divertirse y dar ejemplo que la alegría no se compra con dinero.
La mañana del domingo comenzó con el ruido del generador a nafta que Cesar y Silvia, compañeros del barrio, nos prestaron gentilmente. Después la música que se amplifica por los parlantes del equipito musical que llevamos al barrio, apagan el ruido del motor. Las letras y ritmos vas destrabando nuestros cuerpos aún dormidos.
Nico y Ceci juega con un grupo de cumpitas sobre las ruedas de tractores donadas por Don Hoyos. Geri ayuda a un grupo más reducido con sus tareas. Leo, lentamente va preparando el guiso, que se comerá al medio día, con la ayuda de “Guachin” y “Chaco”, el cual se transformo en fotógrafo, gracias a una clase rápida del chileno, e inmortaliza en la memoria de la cámara su ver el mundo en ese momento y espacio.
Gastón muestra los pasos que un compañero de su familia le enseño. El resto copia e inventa otros. Las risas se hacen presentes. La música y sus ritmos, tiene la facilidad de desinhibir hasta al más tímido, posibilita el desestructurar el cuerpo, acallar y tumbar barreras imaginarias que no permiten el compartir sincero y fraterno de las personas. Es una de esas expresiones que es de todos pero que a su vez no le pertenece a nadie y que a los caídos de la historia, a los marginados, explotados, a los siempre olvidados, les permite narrar sus propios versos, sus propias alegrías y tristezas, temores, sueños y utopías, y en el peor de los casos posibilita el compartir con otros, el encontrarse con esa otredad, los cual en estos tiempos de lo individual pareciera que ya es mucho pedir.
Llega la hora del guiso. La música sigue sonando y las letras son tema de conversación entre grandes y chicos. Con las panzas llenas, un grupito de cumpas vuelve a las ruedas y de esta forma prepara el cuerpo seguir jugando. Otros cumpitas eligen la sombra de los paraísos, suben por sus ramas y disfrutan del paisaje el cual se encuentra empobrecido por el verde opaco de un yuyal sojero que envenena tierra, cuerpo y alma.
Leo, con la ayuda de Gastón, lava platos, cubiertos y vasos, para luego sumarse al grupito que se encuentra a la sombra del paraíso. Geri se queda en el salón preparando la leche y los juegos dan comienzo a la tarde.
Se juega al espejo. Todos siguen las “payasadas” que hace Leo, después llegara el turno de Brian y Pablito. Antes nos dividimos de a pares y cada uno intentaba copiar lo que su compañero hacia.
Llega la merienda, leche chocolatada y pan con azúcar. A su vez se acercan “Cheli”, que trae un martillo, el machete y muchos clavos, y Flor, su pareja, siempre dispuestos a dar una mano. Antes habíamos buscado maderas para poder terminar “nuestra” canchita de bochas. El golpear del martillo con la madera se mezclan con la música y el corretear de los chicos convirtiéndose en una obra de arte sinfónica.
Terminada la merienda, lavamos los vasos. Los chicos se quedan jugando, mientras los grandes nos sumamos a la tarea de terminar “el proyecto bochofilo” comenzado domingos atrás.
Se escuchan ruidos y empiezan a llegar bicicletas, motos y un auto a nuestra copita. Los jóvenes de la Parroquia Santa Rita visitan la villa y de esta forma se plantean realizar una actividad de servicio para cerrar las actividades de Pascuas. Juegos, masitas, jugo y música nuevamente se hacen presentes.
Los cumpitas juegan con los nuevos extraños, que no son tan extraños porque comparten muchas de sus miserias aunque no se den cuenta. Los cumpas dan los últimos martillazos y empiezan a planificar lo que será el domingo que viene con los primeros bochazos tirados al aire para ver si se puede alejar la bocha que se encuentra pegada al bochín.
Llega el atardecer y cada uno, propios y extraños, empiezan a acomodar el cuerpo para volver a lo rutinario de la semana. Antes habrá que pasar por la plaza Malvinas Argentinas, en donde están los compañeros artesanos con su camino a cuesta, dando una muestra de lo importante que es formar parte de procesos organizativos serios que permiten el encuentro de lo diverso que confluye en un par de ideas compartidas que permiten mejorar las condiciones de vida de los seres humanos.
Siendo las primeras horas de miércoles intento escribir las últimas líneas de esta crónica. Empecé escuchando como “Las Pastillas del Abuelo” le cantan al Dios Diez. Seguí con el rock y “La Vela Puerca” me hizo recordar a muchos que se quieren hacer pasar por luz pero que son tinieblas que obstaculizan el avance de los pueblos. Luego Silvio me dio una canción, me regalo un 6 de enero y la belleza infernal del paraíso que me pario. Me hizo recordar la necesidad de soñar con nuevos “Unicornios” que no son tan nuevos sino que tienen 500 años de anhelos y luchas. Recordé el placer de una serenata diurna pequeña y repensé el porqué de la vida entregada por ese Dios verdadero que vino a la tierra en busca de un sueño y como ese sueño es traicionado por hombres y mujeres comprometidos con el Dios Dinero.
La música tiene esa cosa rara que permite soñar mientras uno está despierto, que permite pensar, reflexionar. Esa cosa rara que permite el encuentro, el trabajar con otros y por otros. Cosa rara que posibilita transformar la realidad provocando sonrisa picaras, pero llenas de alegría, con un simple “Son así, son chetos…no escuchan cumbia, escuchan reggaetón…”
La mañana del domingo comenzó con el ruido del generador a nafta que Cesar y Silvia, compañeros del barrio, nos prestaron gentilmente. Después la música que se amplifica por los parlantes del equipito musical que llevamos al barrio, apagan el ruido del motor. Las letras y ritmos vas destrabando nuestros cuerpos aún dormidos.
Nico y Ceci juega con un grupo de cumpitas sobre las ruedas de tractores donadas por Don Hoyos. Geri ayuda a un grupo más reducido con sus tareas. Leo, lentamente va preparando el guiso, que se comerá al medio día, con la ayuda de “Guachin” y “Chaco”, el cual se transformo en fotógrafo, gracias a una clase rápida del chileno, e inmortaliza en la memoria de la cámara su ver el mundo en ese momento y espacio.
Llega la hora del guiso. La música sigue sonando y las letras son tema de conversación entre grandes y chicos. Con las panzas llenas, un grupito de cumpas vuelve a las ruedas y de esta forma prepara el cuerpo seguir jugando. Otros cumpitas eligen la sombra de los paraísos, suben por sus ramas y disfrutan del paisaje el cual se encuentra empobrecido por el verde opaco de un yuyal sojero que envenena tierra, cuerpo y alma.
Leo, con la ayuda de Gastón, lava platos, cubiertos y vasos, para luego sumarse al grupito que se encuentra a la sombra del paraíso. Geri se queda en el salón preparando la leche y los juegos dan comienzo a la tarde.
Llega la merienda, leche chocolatada y pan con azúcar. A su vez se acercan “Cheli”, que trae un martillo, el machete y muchos clavos, y Flor, su pareja, siempre dispuestos a dar una mano. Antes habíamos buscado maderas para poder terminar “nuestra” canchita de bochas. El golpear del martillo con la madera se mezclan con la música y el corretear de los chicos convirtiéndose en una obra de arte sinfónica.
Terminada la merienda, lavamos los vasos. Los chicos se quedan jugando, mientras los grandes nos sumamos a la tarea de terminar “el proyecto bochofilo” comenzado domingos atrás.
Se escuchan ruidos y empiezan a llegar bicicletas, motos y un auto a nuestra copita. Los jóvenes de la Parroquia Santa Rita visitan la villa y de esta forma se plantean realizar una actividad de servicio para cerrar las actividades de Pascuas. Juegos, masitas, jugo y música nuevamente se hacen presentes.
Los cumpitas juegan con los nuevos extraños, que no son tan extraños porque comparten muchas de sus miserias aunque no se den cuenta. Los cumpas dan los últimos martillazos y empiezan a planificar lo que será el domingo que viene con los primeros bochazos tirados al aire para ver si se puede alejar la bocha que se encuentra pegada al bochín.
Siendo las primeras horas de miércoles intento escribir las últimas líneas de esta crónica. Empecé escuchando como “Las Pastillas del Abuelo” le cantan al Dios Diez. Seguí con el rock y “La Vela Puerca” me hizo recordar a muchos que se quieren hacer pasar por luz pero que son tinieblas que obstaculizan el avance de los pueblos. Luego Silvio me dio una canción, me regalo un 6 de enero y la belleza infernal del paraíso que me pario. Me hizo recordar la necesidad de soñar con nuevos “Unicornios” que no son tan nuevos sino que tienen 500 años de anhelos y luchas. Recordé el placer de una serenata diurna pequeña y repensé el porqué de la vida entregada por ese Dios verdadero que vino a la tierra en busca de un sueño y como ese sueño es traicionado por hombres y mujeres comprometidos con el Dios Dinero.
La música tiene esa cosa rara que permite soñar mientras uno está despierto, que permite pensar, reflexionar. Esa cosa rara que permite el encuentro, el trabajar con otros y por otros. Cosa rara que posibilita transformar la realidad provocando sonrisa picaras, pero llenas de alegría, con un simple “Son así, son chetos…no escuchan cumbia, escuchan reggaetón…”



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