Personas de carne y hueso, laburantes, estudiantes universitarios, de nivel secundario y primario. Desocupados, amas de casa, pibes excluidos del sistema educativo, jóvenes de la tercera edad. Cumpas que buscan experimentar la posibilidad de compartir experiencias educativas con otros, participando de un proceso dialéctico en donde entre todos, talleristas y participantes de los talleres, buscan estrechar lazos de confianza que le permitan refundar conocimientos y reafirmar experiencias de encuentro.
Se trata de recuperar nuevamente los lazos de confianza y solidaridad que el capitalismo nos ha robado. Reconstruir los tejidos sociales que comenzaron a rescrebrajarse en el ‘55 con la mal llamada Revolución Libertadora y que en los `90 culminaron por romperse.
Resulta interesante observar como, en el Taller de Tejido y Costura, se van mezclando las ganas de una adolescente que quiere aprender a tejer al croché y la experiencia de una abuela que busca reencontrarse con su pasado y recordar lo que alguna vez aprendió. Escuchar, en el Taller de Guitarra, como suenan las notas de una guitarra que quiere afinarse y en un instante representa el canto de un pibe roquero que encuentra en el folklore nuevas formas de expresión. Reconocer el esfuerzo que hace un trabajador que estuvo durante ocho horas frente un torno y que aún así viene a aprender y familiarizarse con las nuevas tecnologías en el Taller de Computación. Ver como un niño empieza a comprender la complejidad de las artes visuales y las posibilidades técnicas y morfológicas que tienen los diferentes elementos que se usan en el Taller de Plástica. Escuchar el sonar del bombo murguero que late como el corazón de los pueblos y busca expresar las voces de los sin voz en el Taller de Murga.
Afinar el oído y escuchar como uno de los pibes que participa en el Apoyo Escolar se alegra al descubrir que puede realizar un ejercicio de matemática o analizar una oración unimembre por su propia cuenta. Observar cómo se va poblando la humilde Biblioteca Popular que tenemos en La Casa de la CTA Castellanos y como vuelven a resonar autores latinoamericanos gracias al Taller de Literatura, o ver como se fabrican los chablones que pronto dejarán su marca en algún afiche o tela, fruto del trabajo que se realiza en el Taller de Serigrafía.
Pero como ustedes saben, para algunos 700 puede ser sólo un número. Para dar un ejemplo, en la época menemista ese número se transformaba en dólares y nos hacían creer que vivíamos en el primer mundo (como si haría falta vivir en esos mundos de fantasía) mientras se rifaba todo el patrimonio nacional. Lo público dejaba de existir, quedaba marginado, cosificado y maltratado. El mercado se terminaba de afianzar como nuevo Dios todo poderoso, capaz de gobernarse así mismo y someternos a la paranoia individualista y consumista, armas básica pero no únicas del neoliberalismo.
Resulta extraño como muchas veces nos dejamos gobernar por cifras exactas, por las ciencias de la razón que al ser sólo razón terminan siendo irracionales. No es que uno quiera hacer apología de lo irracional y lo sensible pero, como se sabe, cualquiera de los extremos no es bueno y solemos pecar de posicionarnos en uno de eso tópicos sin percibir que lo verdaderamente revolucionario del ser humano se da en la combinación de ambos lados.
Pero volviendo al tema de los 700 y la racionalidad irracional, a los números se los suele despojar de toda posibilidad de análisis, de su valor humano, de su relación con hechos reales, y las cifras terminan siendo sólo eso: números que expresan mucho sin decir nada. Por eso, decir 60% de pobreza, 20% de desocupación, 50% de empleo en negro, 10.000 pibes pasando hambre cada noche en nuestro país u otras tantas barbaridades expresadas en números, es naturalizado por quienes lo pronuncian y se transforman en algo habitual, en algo cotidiano que es imposible de revertir. Se transforma en la fatalidad de no poder transformar la realidad. Los números en este sistema macabro tienen esa función, la de naturalizar lo no natural.



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