lunes, 19 de julio de 2010

REDESCUBRIR LA ORGANIZACIÓN

La neblina se disipa lentamente. Al salir del centro, desde nuestra Sede Territorial, hacia el norte de la cuidad nuestros ojos distinguían figuras completas a varios metros de distancia sin ningún problema. El adentrarnos a Barranquitas nos encuentra con la compañera niebla presente y si hubiéramos seguido camino la trama, que deambula por el aire y nos acompaña durante las mañanas de invierno y parte de otoño, se hace cada vez más espesa. Si hasta aquí me van siguiendo les propongo afinar “la vista” aún más. Preguntarnos que otras cosas fueron desapareciendo, mutando o modificando a medida que nos internavamos en el norte rafaelino. Los primeros cambios los notamos en las estructuras de las casas. Los frentes de aparentas mansiones desaparecen para dar lugar a la casa de los laburantes que en algunas ocasiones expresan con algarabía su condición social y en otras se avergüenzan de la misma y quiere imitar lo que en realidad nunca serán, no porque no puedan serlo sino porque el sistema no se los permitirá. Ya no circulan autos últimos modelos y de un elevado costo en el mercado, vemos más motos y bicicletas, el aire va cambiando. Se respira el olor a barrio que tantas veces han descrito literarios de carnes y huesos. Las calles se encuentran vacías, al igual que en el centro, pero en a la niebla se le suma la música, el ritmo, la alegría de la cumbia característica del barrio, del pueblo que nos enseña como se divierte.
Se producen más cambios, las calles siguen mutando. Rafaela deja de parecer la ciudad de la opulencia y el bienestar para mostrar su otro rostro, uno más mundano, menos falso, más genuino. Las diferencias entre los diferentes sectores sociales se acrecientan cada vez más, la pobreza, la falta de trabajo y oportunidades laborales, el no poder darle de comer a los pibes dejan huellas imposibles de quitar y marcan a fuego esa cuidad que no se quiere mostrar. A su vez las personas se van volviendo más simples, las preocupaciones en lugar de desanimarlos (aunque algunas veces lo logran) les permitan resistir, les permiten encarar sus problemas desde la alegría y no desde el desgano y la fatalidad como nos enseña el capitalismo en sus múltiples facetas.
El llegar a casa de Vane nos muestra nuevas cosas que fueron mutando. Nos reciben con alegría, nos preguntan como estamos, que contamos de nuevo. El trato es cordial, el compartir experiencias nos permiten conectarnos, entrelazar opiniones, compartir sueños, intercambiar sonrisas. Los chicos llegan lentamente, el frío los mantiene más tiempo en sus hogares. A medida que se acercan se integran a la charla y nos vamos reencontrando en ese compartir fraterno.
En el árbol del patio de nuestra modesta copita, el cual está golpeado por el invierno, se encuentran colgados unos frutos de procedencia extraña (más tarde nos enteraremos que son parte de la planificación que y del trabajo que vienen realizando cada compañero durante la semana). Los chicos preguntan curiosos, se sienten intrigados.
Servimos la leche, compartimos las facturas y alguien empieza a contar el porque de esos misterioso frutos. Grandes y chicos nos fuimos acercando hacia los frutos, en eso Mati empieza a narrar una historia de los primeros hombres que habitaron la tierra y como los mimos eran absolutamente nada en relación al mundo que los rodeaba. Nico y Leo reinterpretaban lo expresado por Mati e improvisaban para integrar a los niños con la actividad. Entre todos, ayudándonos mutuamente, empezamos a descolgar los frutos, los cuales en su interior tenían en su interior caramelos que entre todos compartimos. Luego nos sentamos y empezamos a conversar sobre la actividad. Los chicos comentan como en los barrios se mantiene la sana costumbre de compartir el alimento, como las familias se organizan para salir a cazar a los campos de la zona y como se reparten las presas obtenidas. En la charla descubrimos que los sectores más pobres siguen juntándose y organizándose para sobrevivir, siguen compartiendo desde lo poco que pueden tener. Resisten como pueden y como lo saben hacer a los golpes que el capitalismo nos va dando.
El cuento extraído del libro “Espejos” del escritor uruguayo Eduardo Galeano concluye con una pregunta que interpela al hombre actual, a su forma de coexistir en esta forma cínica de vivir en donde solo importa el tener, en donde el individualismo y el pensar la fatalidad de vivir en un mundo desigual imposibilita cualquier posibilidad de transformar la realidad, de volverla más justa.
El compartir experiencias con los chicos de la copita nos permite descubrir que existe otras formas de relacionarnos con el otro. Que los sectores más vulnerables no han perdido, a pesar de todo, la capacidad de encontrarse en el otro, de entender que solo en el organizarse existe la posibilidad de transformar nuestras formas de vivir, posibilidad de lograr escapar a las tentaciones del sistema que solo busca individualizarnos para poder gobernarnos.

*¿Cómo pudimos? Ser boca o ser bocado, cazador o cazado. Ésa era la cuestión. Merecíamos desprecio, o a lo sumo lástima. En la intemperie enemiga, nadie nos respetaba y nadie nos temía. La noche y la selva nos daban terror. Éramos los bichos más vulnerables de la zoología terrestre, cachorros inútiles, adultos pocacosa, sin garras, ni grandes colmillos, ni patas veloces, ni olfato largo. Nuestra historia primera se nos pierde en la neblina. Según parece, estábamos dedicados no más que a partir piedras y a repartir garrotazos. Pero uno bien puede preguntarse: ¿No habremos sido capaces de sobrevivir, cuando sobrevivir era imposible, porque supimos defendernos juntos y compartir la comida? Esta humanidad de ahora, esta civilización del sálvese quien pueda y cada cual a lo suyo, ¿habría durado algo más que un ratito en el mundo?

* "Espejos, una Historia casi Universal". Eduardo Galeano. Editoral Siglo XXI, Primera Edición. Buenos Aires, Argentina. Pág: 9.

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