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Nuestra copa está de fiesta: tenemos piso de ladrillos, y la cocina se cerró completamente. Una pared de madera y una puerta de hierro son el divisorio entre comedor y cocina. Comentábamos lo bien que se veía todo, mientras poníamos la mesa dentro la copa junto a las bancos. Algunas chicas habían sido las primeras en llegar, pidiendo colores y hojas para dibujar. A medida que lo hacían le pasaban sus dibujos al chileno, quien se los interpretaba y daba comentarios que hacían reír a las niñas; “miren este dibujo tiene las nubes verdes y la tierra es azul, y por acá tenemos un enorme corazón volando que va a aplastar a esa niña que está abajo”. Otros chicos jugaban al “fulbo” con Nadia en la calle, y los cumpitas mas grandes ayudaban en la cocina para la preparación de las tortas fritas. Así nos fuimos dividiendo y divirtiendo, para esperar la comida, que en el fondo último de la copa se cocinaba.Cada tanto salían fugitivos aromas cada vez que abrían o cerraban la nueva puerta. Mientras dibujaban, recordábamos el mural que dijimos que haríamos, “imagínense una hoja de ese tamaño (apuntaba a la pared de madera entre la cocina y el comedor) y pintarla toda con dibujos como los que hacemos ahora”. Ya avisaban de la cocina que él los fideos con carne estaban listos. Y nuevamente los cumpitas van poniendo las cosas sobre la mesa ya limpia y desinfectada. Los vasos servidos y a comer!
Así, mientras en esa copa el silencio daba paso a la calma momentánea, junto a chaco les relatamos a los pibes sobre un señor que había venido a la mañana y nos había dejado un mapa del tesoro que llevaba a unas cosas ocultas cerca de la copa. Ni terminábamos de contar esto, cuando uno… dos…cuatro…siete pibes saltaron a buscar el tesoro a los altos montes de escombros que se levantan sobre los yuyos. De pronto la voz de una de las “melli” acusó una bolsa enterrada entre baldosas y ladrillos, de la que sacó un extraño libro y un viejo mapa de aspecto antiguo (obviamente todo estaba preparado). Es así que decidimos ir a leerlo.El cuento se refería a la primera y gran emigración humana de África a todo el mundo, de los que en la metáfora cristiana serían los primeros Adán y Eva, pero que según Galeano- el autor del cuento- serían Adanes y Evas negros, que a medida que viajaban y se asentaban en los lugares y climas más diversos sus características físicas, sicológicas y culturales cambiaban, sin embargo por más lejos y distintos nos veamos siempre hay cosas que no cambiarán, como por ejemplo que nuestros orígenes son los mismos.
La tarde, se nos arrimó el sol acompañador, nos sugirió hacer un lindo partido pos-comida, 5 contra 5, buen numero. Se armaron los arcos con los clásicos cascotes y nos largamos a jugar una hora y media. Así como en los buenos tiempos 1920-1950, los obreros y sus hijos se juntaban a jugar fútbol en cualquier canchita. Un domingo por la tarde se olía, se veía y se escuchaba fútbol. Muchos anarquistas y socialistas de esos tiempos no podían entender como solo un balón podía vaciar asambleas y juntadas ideológicas, se decía que era un juego alienador, un mecanismo más de la burguesía para mantener estúpidos a los obreros, algo así como “la religión es el opio del pueblo” como la consideraba el marxismo. Pocos veían que el “fubol” lejos de separar a las clases, la unía.Los buenos anarquistas de los años 20, hablaban del fútbol como el “juego socialista” donde todos peleaban por un fin en común. El compañerismo y la “plena confianza mutua” eran prácticas fundamentales. Los equipos en la cancha se transformaba en fuente de emociones, esperanzas y tácticas. Los conventillos, barrios y villas eran fiesta futbolística, aún lo siguen siendo pero cada vez con menos intensidad.
El capital a partir de su brutal arribo a Latinoamérica ha avanzado a paso lento pero firme, robando derechos, recursos, y aplastando a nuestro hermanos ya sea con balas o con deudas. Hace ya un largo tiempo que el capital también fluye por las venas de las canchas y de gran parte de los clubes deportivos, el negocio sobre el buen juego, el negocio sobre los valores del compromiso, de la camaradería. Quizás sea necesario rebuscar ese buen fútbol ya no en las “instituciones financieras futbolísticas S.A” sino despegarse de eso, caminar por algún barrio, meterse entre las calles, y encontrar alguna canchita de tierra donde los “pelusitas” aun jueguen con los pies y con el corazón. Villa Fiorito, cuna del Diego, es uno de esos ejemplos. Él venía de esas canchas y peleó jugando y alegrando, no sabía ni sabe jugar de otra manera, así le enseñaron en el club y en el barrio, leal con sus compañeros y dándolo todo ya no solo por el equipo, sino por la gente. El Diego quizás sea de lo último que nos va quedando como fragmento vivo de una historia que muchos no alcanzamos a conocer. Fragmento de historia que nos contaba de ese fútbol que fue más humano, sincero, tierno, inteligente, esperanzador. Queremos que desde hoy El Diego, las canchas de los barrios, y la canchita improvisada de la villa, sean bastiones del “reino de la lealtad humana ejercido al aire libre" como lo llamaba Gramsci al “fubol”.
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