martes, 17 de agosto de 2010

INVOCACION AL CALOR

Frío que no deja movernos. Frío que penetra en las humanidades de todos nosotros que esperamos, con frió,que nos saquen de ese letargo eterno e inactivo el griterío y las risas de los verdaderos dueños de la copa “estrella azul”. Ellos que aunque anden en alpargata no lo sienten en sus pies como nosotros, que aunque lleven 3 o 4 prendas menos, generan calor corporal (y también del humano que es tan o más esencial que el primero) de inmediato y con su sola presencia. Ellos que aunque es probable que anoche se fueron a dormir sin cenar, se levantan con energías renovadas y uno no puede entender de donde las sacan. Ellos son los changos del barrio, los de la copa… ¡y vienen gambeteándose unos a otros con una pelota! Y al cruce los recién llegados y duritos por la helada, con un tono desafiante nos anticipan que “el que no juega es un cagón” y que “nos van a llenar la canasta de huevos”. A la brevedad aceptamos el duelo y nos disponemos a jugar un picadito que nos dejara varias pataditas de yapa en las canillas, raspaduras y un intenso olor a podrido en las cabezas de quienes intentaron cabecear la pelota tirada infinidad de veces al barro de la cuneta.
Las nenas, más tranquilas y sensibles por naturaleza, están sentaditas en la mesa, acompañadas por la compañera Belén que les enseña a hacer origamis, arte milenario de origen japonés que consiste en plegar papel de diversas formas para obtener figuras del mundo animal o simplemente objetos de la vida cotidiana. Los origamis saltan a la popularidad cuando uno de los cumpas afirma y demuestra que es capaz de concretar una ranita saltarina con solo una hojita de papel. Al lograrlo desata la algarabía de los chicos presentes, que apresuradamente quieren tener su propio anfibio para decorar y luego jugar carreras a los saltitos.
Los juegos con papel y el partido son abandonados de repente por el llamado (salvador para el equipo en desventaja numérica y física) que anuncia potentemente que acaba de terminar la preparación del elixir que nutrirá nuestros estómagos y que necesariamente todos los chicos deberían tener servido todas las mañanas de su vida.
En la calma de la mesa y con el estomago de los pibes lleno de leche y facturas surgen algunas preguntas interesantes con respecto a los dotes o virtudes personales que cada uno de nosotros poseemos. La conclusión a estos interrogantes fue que todos tenemos algo para mostrar y dar a conocer que nos caracteriza, lo cual nos hace únicos e irrepetibles como nuestras huellas digitales.
Al instante los chicos fueron enunciando algunas de las cualidades que creen gozar tales como velocidad al correr, aptitudes para el baile o batucada murguera, para el dibujo y otras tantas. El secreto esta en potenciarlas con práctica y constancia para que en un futuro se puedan convertir en un oficio, un trabajo, arte o simplemente una actividad que nos genere placer.
Al terminar el desayuno seguimos quemando energías con un juego que nos ayudaba a combinar la rapidez mental con la velocidad en las piernas pero que al final nos produjo el despatarrarnos de la risa ante las inevitables equivocaciones. Poco todos los jugadores abandonamos la contienda y nos despedimos con besos y abrazos.
Un nuevo sábado llegaba a su fin y nuevamente el calor y energía que irradia nuestra copita nos demuestra que no hay frío que nos pueda vencer ni aún vencidos.

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