Usualmente nuestra historia nos muestra personajes heroicos, imposibles de alcanzar. Seres inmaculados que supuestamente hicieron proezas inigualables. Especies de super héroes y por ende quedan olvidados millones de personas que realizaron su aporte en pos de dichas proezas. A su vez esa forma de narran a ciertos personajes ayuda a que tengamos ideas distorsionadas de seres despreciables que más que próceres son los grandes culpable de lo que somos y de lo que dejamos de ser como país. Al individualizar al ser se los desconecta de todo su potencial transformador, se lo aísla, se lo margina del imaginario colectivo del pueblo y su forma de expresarse.
Toda construcción colectiva de las grandes mayorías termina confluyendo en una figura que es capaz de sintetizar lo que ese sector social construye. Los logros obtenidos no son propios de esa figura sino que representan los avances logrados, las luchas ganadas. No se trata de pensar que es lo que hizo tal o cual personaje con el pueblo sino cuales fueron los avances logrados las grandes mayoritarias. Como diría un compañero, “...no se trata de pensar que hizo el Peronismo con el pueblo sino que hizo el pueblo con el Peronismo...”
Un nuevo sábado comienza. El llegar a casa de Vane, caminar por Barranquitas, recibir el saludo de chicos y grandes, expresa el cariño y respeto que con trabajo fuimos ganando. De apoco se empiezas a acercar los padres de los cumpitas, algunos juegan a la pelota con nosotros, otros nos prestan una mesa y comparten una charla.
Mientras esperamos la leche, acompañada con facturas, se arma un picadito en plena calle. El grito de gol se mezcla con la cargada sana y alguna que otra patadita y puteada al aire seguida de una risa generalizada. Un grupo más chico de cumpitas está en el patio de la la estrella que brilla en el norte de Rafaela. Ahí comparten una charla, algunos dibujan y otros cuentan sus andanzas de la semana.
Al estar la leche lista empezamos a compartir las facturas. Pasa la mañana y se acercan más compañeritos, lo cual provoca alegría. Ponemos más leche a preparar y seguir compartiendo este ritual que construimos entre todos, sin dejar afuera a nadie.
Terminado el ritual nos vamos hacia el patio. Jugamos a los juegos planificados durante la semana, la vergüenza no deja a algunos poder disfrutar del momento mientras otros lograr vencerla y provocando risas.
Pasa el tiempo y nuevamente nos vamos hacia la calle, esa calle que tantas veces fue refugio y herramienta de lucha para el trabajo, para el hombre de a pie que desde el anonimato, con otros y luchando alegremente logra hacer su aporte para ser libre. En esa calle nuevamente pica una pelota, nuevamente se escucha el grito de gol, nuevamente se escuchan las cargadas y risas. Suena cumbia, reproducida por unos parlantes propiedad de uno de los vecinos y los chicos empiezas a danzar con sus cuerpos.
Llega el medio día, concluye lentamente la mañana. Un equipo festeja y carga a su rival que con una mueca de alegría grita que el próximo sábado quiere revancha. Nos despedimos y lentamente volvemos hacia nuestra casa. Por la tarde nos reuniremos para terminar de organizar el trabajo del domingo.
Al comenzar a leer estás líneas los invitaba a despojemos por un rato de nuestros nombres y convertirnos en seres anónimos. Dentro de un mes estaremos de elecciones en nuestra Central. Estarán en juego 16800 cargos que serán refrendados mediante sufragio directo, en donde más de 1.500.000 de afiliados se encuentran en condiciones de votar. Desde nuestro espacio nos sentimos representados por una Central que sea capaz de disputarle sentido a los sectores de poder y que no por querer parecer de izquierda le haga el juego a los sectores de derecha que buscan reorganizarse. Una Central autónoma de cualquier partido político o gobierno de turno pero no neutral, que defienda los intereses de la clase trabajadora buscando profundizar los procesos de transformación que como clase fuimos obteniendo, tales como: la Asignación Universal por Hijo, la Ley de Medios de Comunicación y la unidad lograda con los demás pueblos de nuestra América para solo nombrar algunos ejemplos. Un central que sea coherente con nuestro documento fundacional de Burzaco, que siga profundizando una nueva forma de hacer sindicalismo en nuestro país en donde el trabajador no debe estar al servicio del sindicato sino que la Central debe estar al servicio trabajador. Una Central plural, en donde se discutan ideas y no personalismos, que no quede atada a intentos partidarios sectarios pero que a su vez sea pilar y gestadora de las transformaciones políticas que como país vamos logrando. Una Central que busque la unidad de la clase trabajadora, que defienda sus intereses y no lo intereses de las patronales. Una Central que vaya por más democracia, por más pluralismo y por más unidad en la lucha. Una Central que no se ate nombres o personalidades sino que represente el andar de miles de compañeros que desde el anonimato, realizando trabajo territorial y desde abajo, buscan realizar su aporte en pos de la liberación definitiva de las grandes mayorías, lo que representará un mundo más justo. Una Central que siga siendo La CTA de Los Trabajadores.
Un nuevo sábado comienza. El llegar a casa de Vane, caminar por Barranquitas, recibir el saludo de chicos y grandes, expresa el cariño y respeto que con trabajo fuimos ganando. De apoco se empiezas a acercar los padres de los cumpitas, algunos juegan a la pelota con nosotros, otros nos prestan una mesa y comparten una charla.
Mientras esperamos la leche, acompañada con facturas, se arma un picadito en plena calle. El grito de gol se mezcla con la cargada sana y alguna que otra patadita y puteada al aire seguida de una risa generalizada. Un grupo más chico de cumpitas está en el patio de la la estrella que brilla en el norte de Rafaela. Ahí comparten una charla, algunos dibujan y otros cuentan sus andanzas de la semana.
Al estar la leche lista empezamos a compartir las facturas. Pasa la mañana y se acercan más compañeritos, lo cual provoca alegría. Ponemos más leche a preparar y seguir compartiendo este ritual que construimos entre todos, sin dejar afuera a nadie.
Pasa el tiempo y nuevamente nos vamos hacia la calle, esa calle que tantas veces fue refugio y herramienta de lucha para el trabajo, para el hombre de a pie que desde el anonimato, con otros y luchando alegremente logra hacer su aporte para ser libre. En esa calle nuevamente pica una pelota, nuevamente se escucha el grito de gol, nuevamente se escuchan las cargadas y risas. Suena cumbia, reproducida por unos parlantes propiedad de uno de los vecinos y los chicos empiezas a danzar con sus cuerpos.
Llega el medio día, concluye lentamente la mañana. Un equipo festeja y carga a su rival que con una mueca de alegría grita que el próximo sábado quiere revancha. Nos despedimos y lentamente volvemos hacia nuestra casa. Por la tarde nos reuniremos para terminar de organizar el trabajo del domingo.



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