La fatalidad inmoviliza, nos inmoviliza tomando formas diversas, especies de excusas que solemos usar, las cuales son instaladas y fomentadas por una forma de vida que privilegia el maximizar las ganancias y fomentar el consumo el cual beneficia a unos pocos excluyendo a las grandes mayorías que en ciertos estratos confunden su condición de clase y avalan esa forma de vida que los deja siempre afuera.
Cuando el grupo de compañeros nos reunimos en nuestra cede surgió la idea de suspender la actividad que se había planificado. Luego de ver los pro y contra, un grupo de compañeros salieron hacia la villa. A medida que recorríamos las calles hacia la el asentamiento, ubicado en “el patio trasero de las casas más opulentas de la ciudad, sentíamos como la lluvia golpeaba nuestro andar.
El caer del agua menguaba por unos segundos y de repente nuevamente caía agua a granel. En ese instante buscábamos reparo bajo árboles para luego seguir camino. En ese andar nos encontramos con Walter, vecino de la Villa, que nos comenta que nos están esperando, lo cual no hace doblegar el esfuerzo. Terminado el pavimento llegamos a la tierra, la cual al estar mojada no nos dejaba transitarla con normalidad, embarrando las ruedas de nuestras bicicletas, las cuales se estancaban en el barro. Ahí los compañeros cargaron la bici al hombro, y caminaron hacia la entrada de la villa, desde ahí seguir caminando, transitando esos 500 metros que nos depositan en el salón comunitario.
Al llegar rápidamente repartimos tareas. Dos compañeros a la cocina para preparar la salsa que acompañara los fideos. En la otra parte del salón se reúnen los cumpitas con otro cumpa y así confeccionar en una pizarra el boquejo de las invitaciones a la gran obra de títeres y mural que se realizara el domingo 31 de esté mes. Este primer bosquejo sera la guía del posterior trabajo a realizar.
Llega el medio día, la mesa nos reune nuevamente, como cada domingo. Los fideo son la escusa para compartir no solo un plato de comida -el cual tanta falta le hace a tantos compañeritos en nuestro país- sino que además nos permite compartir nuevas experiencias, nuevas ganas de reconocernos, y es ahí en donde el fatalismo y la imposibilidad de cambio, de transformación caen nuevamente derrotados.
Al finalizar ese compartir fraterno nos vamos a despuntar un rato el vicio de la pelota. Alguna patada o empujón a destiempo, algún gol errado de manera insólita, alguna jugada maradoniana forman parte de un picadito que por unos instantes divide a la copa en dos.
Terminada la tarea nuevamente salimos del salón, recuperamos la calle, jugamos con los juegos del parque y la pelota volvió a rodar, las risas siguen, la alegría se demuestra a cada instante presente.
Llega el final de la tarde, salimos de la villa, los chicos saludan sabiendo que el próximo domingo volveremos. El barro ya seco no dificulta nuestro andar, la lluvia ya no nos frena. El fatalismo se rinde por un instante, ya sabe que este domingo cayo derrotado, que por esté día ganamos nosotros, transformando la realidad, siendo en este mundo.



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