Todo se desarrollo normalmente, por la mañana dibujamos y realizamos las tareas escolares, mientras algunos compañeros buscaban a los vecinitos que viven más lejos y compartían unos mates con sus padres.
Al mediodía, nos juntamos todos en “la copa” y disfrutamos de un exquisito arroz con pollo, los sucesos de la semana fueron el tema estrella de la jornada. Después de almorzar los niños dispararon así el camino, la energía y las ganas de compartir, de jugar no les permitían estar sentados.Después, nos sentamos a descansar y los niños comenzaron a jugar solos. Entonces, muy sutilmente ingresamos a ese mundo que imaginariamente habían creado. Comenzamos a charlar con ellos, va con sus personajes, y vimos y descubrimos innumerables cosas maravillosas. Salieron a la luz sus sueños, sus proyectos, sus aspiraciones.
Demostraron en la práctica, como el juego recupera la voz que con tanto empeño han intentado acallar. Lograron re-inventar lúdicamente sus modos de decir y de hacer. Usaron la herramienta expresiva por excelencia que poseemos los pueblos: el juego. Y han desafiado a los parámetros de la realidad, porque como dice Pérez Aguirre: “el juego se torna peligroso cuando en la desesperanza se usa para olvidar durante algún tiempo lo que es imposible cambiar, pero por el contrario es agente de liberación cuando nos ayuda en la alegría de una libertad anticipadora otra manera de ser que quiebre el círculo de lo fatalmente incambiable”1
Entonces fue realmente liberador poder escindirnos de la realidad y seguirles el juego, burlarnos del “destino” que quiere estar marcado e imaginándonos otra realidad, otro mundo.
1 Perez Aguirre, L. y Rinderknetch, P. Manual de Juegos. Ed. Bonum. Buenos Aires. En Bonetti, J.P. “Juego, Cultura y ...” EPPAL. Uruguay.



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