El pasado domingo, muy temprano, nos juntamos todos los compañeros en la sede de CTA Región Centro. Allí, cargamos los alimentos los elementos destinados al juego y un grupo partió hacia el asentamiento de la Villa Sur- Oeste mientras que otro hacia el asentamiento Lentore ubicado en el barrio Italia.Camino al asentamiento Lentore, se oía música fuerte, al llegar descubrimos que provenía de la casa de Majo, donde se daría la Copa de Leche. Desde lo lejos se veía que bajo la galería había varios hombres cebando mates y conversando con las mujeres que preparaban, en una gran olla, la leche. A la distancia se percibía la alegría con la que los compañeros estaban trabajando, la alegría de los pueblos invadía la jornada, la música y el mate fueron algunas de esas pequeñas cosas que hermanaron y unieron aún más a esos compañeros.
Ni bien nos sentamos debajo de la galería comenzaron a llegar los niños. Estos pequeños venían caminando a paso lento, como recibiendo de a poco este nuevo día. Se acompañaban entre ellos, los más grandes cuidaban de los más pequeños, cada uno con su tasita; con un gesto tímido se acercaban a la mesa, donde deban su jarro y esperaban ansiosos descubrir cual sería el juego.Una vez reunidos nos adueñamos de una de las pocas sombras y comenzamos a divertirnos, en un primer momento las destrezas físicas fueron las elegidas para entrar en confianza. Después de correr, saltar, atraparse y cantar por un largo tiempo, algunos rostros comenzaron a enrojecerse, entonces los chicos se acercaron al tablón y decidieron empezar a dibujar.A través del arte nos dieron a conocer su historia, sus recuerdos, su memoria, pero también sus sueños. El arte es liberador por naturaleza, en esas hojas vimos como creaban y recreaban el mundo. Una raya azul se convertía en una pileta y círculos naranjas en muchos hermanitos compartiendo una tarde. Esto fue maravilloso, a partir de líneas mínimas pudimos dialogar, pensar y así formar proyectos comunes que nos unirán por mucho tiempo.
Mientras tanto, con los adultos organizábamos el desayuno y conversábamos sobre la realidad del barrio, sobre la incertidumbre de no saber qué es lo que pasará con los terrenos. A la incertidumbre cotidiana de no saber como será el mañana, de no saber si una changa saldrá o no, de no saber si habrá para comer, se suma la inseguridad del hogar, el temor constante de tener que partir, con la casa al hombro como el caracol, vaya a saber uno con que destino. Pero no permitimos que la desesperanza se adueñe de nosotros, de un momento al otro la leche con su aroma nos informó que estaba lista. Un llamado y todos los niños rodearon la mesa, los mayores tomaron las facturas y las repartieron a los demás, y así una vez más fuimos parte de esa hermosa celebración en la que compartimos el pan, y la solidaridad se adueñó del momento, grandes y chico fuimos iguales, nos unimos y sentimos que realmente somos una comunidad. Estas son las pequeñas cosas, que nos fortalecen individualmente pero más aún nos fortalecen como organización, que esta dispuesta a transformar la realidad.
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