miércoles, 13 de abril de 2011

IMAGINACIÓN QUE TRANSFORMA

Eran las 9 de la mañana y nosotros ya estábamos en la Villa Sur Oeste. Llegamos, dejamos nuestras cosas, y nos pusimos en marcha: algunos empezaron a ordenar el salón y a preparar todo para cocinar; otros salimos a buscar a los chicos por el barrio y a conversar con los vecinos.
Mientras recorríamos el barrio, el sol comenzó a calentar y a iluminar los arbustos que bordean el largo camino, armándose así una hermosa imagen digna de ser contemplada. Llegamos al primer hogar, en la sombra la familia tomaba mates, nosotros nos sumamos a la ronda. Al terminar el descanso, seguimos con nuestro trabajo. Caminamos los dos kilómetros, conversamos con los adultos y cuando nos dimos cuenta estábamos rodeadas de pequeños que revoloteaban a nuestro alrededor. Entonces emprendimos la vuelta, en el camino Victoria (7 años) nos mostraba las flores y reflexionaba a carca de las diferentes texturas, los diferentes colores y olores.
Llegamos a “La paloma en la Flor”, saludamos a quienes nos esperaban, y nos sentamos a repasar los contenidos aprendidos durante la semana en el colegio. Después de repasar, dimos comienzo al juego, la ronda, el pato ñato, la palmada y el juego de la oca se adueñaron de nuestra mañana.
Al mediodía compartimos con algunos padres unos riquísimos ravioles con salsa. El sabor de esta comida era aún mayor porque sabía a la solidaridad de quien la había donado, de alguien que a pesar de no poder estar físicamente ayudó a que los niños puedan alimentarse de forma variada y nutritiva.
Por la tarde, después de lavar los platos hicimos una ronda debajo de la sombra, y una vez que nos tranquilizamos una de las compañeras leyó un cuento. Al terminar, charlamos sobre el mismo, sobre su temática, sus personajes y sobre el mensaje que nos dejaba o el que podíamos construir.
Después de la charla, volvimos al salón donde representaríamos con plastilina lo que el cuento nos había generado. Todos se entusiasmaron con la actividad y formaron diversos animales, flores, letras y palabras, aprovechando la posibilidad que nos da este elemento de crear, desarmar y volver a crear.
En relación a esto hay una anécdota hermosa que me gustaría compartir, Gabriel es un pequeño de solo tres años, estaba muy compenetrado con el modelado. En un momento lo veo concentrado observando un rollito largo de plastilina, cuando descubre que lo estoy mirando me dice: “es mala la víbora”, la toma y la trae a mi lado. Muy convencido toca uno de los extremos y me muestra como le mordió el dedo. Lucía, otra niña, oye lo que comenta su compañero y se acerca a ver la víbora (lo digo sin comillas porque ya todos creemos que la plastilina se ha convertido en dicho temible reptil). Los tres la observamos, por momentos la tocamos y nos curamos las heridas que nos provoca. Hasta que Gabi la vuelve a mira atento y me dice “sonríe”, no está más enojada, es nuestra amiga ahora.
Sito este ejemplo porque demuestra, en la práctica, la capacidad transformadora del arte, el poder que tiene para transportarnos y en definitiva para liberarnos de las opresiones diarias. Modelar plastilina permitió canalizar la necesidad de modelar y transformar la realidad, fue maravilloso observar como a través del arte se logró despertar la imaginación de los niños, que por unos minutos se olvidaron de todo. Además, permitió abrir otros canales de comunicación, otra forma para que estos niños tan castigados puedan abrirse al mundo exterior y dar a conocer sus pensamientos, sus experiencias de vida, sus sueños.

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