En el imaginario religioso, en lo que respecta a quienes creen en ese hombre que fue condenado por el Imperio Romano y los Jefes Religiosos del pueblo Judío a morir crucificado hace algo más de 2000 años, el tiempo de pascua representa un momento particular en su vida espiritual y religiosa.
La rememoración de los últimos días de Jesús plantean una serie de hechos que determinaron su condena, planteos que son despojados de su dimensión política -toda su vida es despojada de su dimensión política- y sin los cuales no se puede terminar de comprender el porque este carpintero, que según las escrituras curaba a leprosos y hacia ver a ciegos de nacimientos, resucitaba personas, multiplicaba alimentos, calmaba tempestades, y realizaba milagros tras milagro, termino su vida terrenal crucificado. Echar a los mercaderes del templo, el desafiar el poder político, social y cultural del Imperio Romano, del Cesar, de Pilato, de Herodes y los Sumos Sacerdotes, plantear formas más humanas de relacionarse con el otro, reconocer la igualdad entre hombres y mujeres, son algunos de los hechos que determinan su muerte.
Pero aún si no se reconocen estos hechos, si se los despolitizan, si se los toma como sucesos aislados, la muerte de Jesús y su posterior resurrección dejan cuestiones a pensar. El resucitar plantea un nuevo nacer, un renacer, recrearce, un hacer nuevas todas las cosas, un pensarse nuevamente, un contarse las costillas, un endurecer el corazón sin perder la ternura. Las pascuas reflejan la esperanza de que todo puede ser transformado, de hacer nuevas todas las cosas.
Desde esté convencimiento, de que toda realidad puede ser transformada planificamos estás Pascuas en las copas de leche y comedores en donde semana tras semana trabajamos junto a vecinos y a vecinas.
Es viernes y de apoco vamos acomodando los materiales a utilizar el día sábado. Vamos dividiendo las tareas, preparando las sorpresas para cada cumpita, caramelos, chupetines, un huevito de chocolate y un pequeñito conejito que custodia la bolsita que contiene los regalitos.
Mañana de sábado, llegamos a casa de Vane, preparamos la leche y las facturas, acomodamos mesa y las tazas. Los chicos van llegando a la “Estrella Azul” de Barrio Barranquitas y nos cuentan como empezaron el fin de semana, que harán en el día de mañana, los preparativos para pasar un domingo en familia. Jugamos un rato, reímos, compartimos la leche chocolatada con facturas.
Luego vamos hacia el patio, Vane ordena a niños por un lado y a niñas por el otro. Hechas las filas, empieza a nombrar a cada cumpita que se acercan y reciben la bolsita, custodiada por un conejo risueño, y se les dibuja una sonrisa que transforma. Agradecen todos, algunos comparten los caramelos, otros los guardan para poder compartir en sus casas.
Termina la mañana, saludamos, partimos cada uno para nuestros pagos. La sonrisa de cada cumpita sigue deambulando dentro del barrio y dibujando más sonrisas. Como les dije, las Pascuas tiene esa cosa rara que te permite ver que un simple huevo de chocolate dibuja sonrisas, sonrisas que refundan nuevas formas de entenderse y encontrarse con el otro, sonrisas que hacen renacer nuevas esperanzas, sonrisas que transforman la realidad volviéndola más justa.
La rememoración de los últimos días de Jesús plantean una serie de hechos que determinaron su condena, planteos que son despojados de su dimensión política -toda su vida es despojada de su dimensión política- y sin los cuales no se puede terminar de comprender el porque este carpintero, que según las escrituras curaba a leprosos y hacia ver a ciegos de nacimientos, resucitaba personas, multiplicaba alimentos, calmaba tempestades, y realizaba milagros tras milagro, termino su vida terrenal crucificado. Echar a los mercaderes del templo, el desafiar el poder político, social y cultural del Imperio Romano, del Cesar, de Pilato, de Herodes y los Sumos Sacerdotes, plantear formas más humanas de relacionarse con el otro, reconocer la igualdad entre hombres y mujeres, son algunos de los hechos que determinan su muerte.
Pero aún si no se reconocen estos hechos, si se los despolitizan, si se los toma como sucesos aislados, la muerte de Jesús y su posterior resurrección dejan cuestiones a pensar. El resucitar plantea un nuevo nacer, un renacer, recrearce, un hacer nuevas todas las cosas, un pensarse nuevamente, un contarse las costillas, un endurecer el corazón sin perder la ternura. Las pascuas reflejan la esperanza de que todo puede ser transformado, de hacer nuevas todas las cosas.
Desde esté convencimiento, de que toda realidad puede ser transformada planificamos estás Pascuas en las copas de leche y comedores en donde semana tras semana trabajamos junto a vecinos y a vecinas.
Es viernes y de apoco vamos acomodando los materiales a utilizar el día sábado. Vamos dividiendo las tareas, preparando las sorpresas para cada cumpita, caramelos, chupetines, un huevito de chocolate y un pequeñito conejito que custodia la bolsita que contiene los regalitos.
Mañana de sábado, llegamos a casa de Vane, preparamos la leche y las facturas, acomodamos mesa y las tazas. Los chicos van llegando a la “Estrella Azul” de Barrio Barranquitas y nos cuentan como empezaron el fin de semana, que harán en el día de mañana, los preparativos para pasar un domingo en familia. Jugamos un rato, reímos, compartimos la leche chocolatada con facturas.
Luego vamos hacia el patio, Vane ordena a niños por un lado y a niñas por el otro. Hechas las filas, empieza a nombrar a cada cumpita que se acercan y reciben la bolsita, custodiada por un conejo risueño, y se les dibuja una sonrisa que transforma. Agradecen todos, algunos comparten los caramelos, otros los guardan para poder compartir en sus casas.
Termina la mañana, saludamos, partimos cada uno para nuestros pagos. La sonrisa de cada cumpita sigue deambulando dentro del barrio y dibujando más sonrisas. Como les dije, las Pascuas tiene esa cosa rara que te permite ver que un simple huevo de chocolate dibuja sonrisas, sonrisas que refundan nuevas formas de entenderse y encontrarse con el otro, sonrisas que hacen renacer nuevas esperanzas, sonrisas que transforman la realidad volviéndola más justa.



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