La masacre de Ezeiza cierra un ciclo de la historia
argentina y prefigura los años por venir. Es la gran representación del
peronismo, el estallido de sus contradicciones de treinta años.Es también uno
de los momentos estelares de una tentativa inteligente y osada para aislar a
las organizaciones revolucionarias del conjunto del pueblo, pulverizar al peronismo
por medio de la confusión ideológica y el terror, y destruir toda forma de
organización política de la clase obrera.Ezeiza contiene en germen el gobierno
de Isabel y López Rega, la AAA, el genocidio ejercido a partir del nuevo golpe
militar de 1976, el eje militar-sindical en que el gran capital confía para el
control de la Argentina.El proyecto instaurado en 1955 mediante la penetración
de los monopolios extranjeros que se apoderaron de los recursos económicos del
país, desnacionalizaron industrias, compraron bancos, asfixiaron regiones
enteras, no pudo consolidarse nunca en un régimen estable.
La clase trabajadora no podía plegarse, y no se plegó, a ese
modelo que suponía la superexplotación, pese a las intervenciones y las
cárceles del 55, los fusilamientos del 56, la integración del 58, la opción del
63, la dictadura del 66, el GAN del 71. En su máxima consigna, el regreso de
Perón, resumía su decisión de que con él regresara una política antioligárquica
y antiimperialista, mientras los demás sectores del frente roto en 1955 se
alejaban en busca de otras alternativas políticas.
Esa negativa de los trabajadores es lo que convirtió al
peronismo en el hecho maldito, la porción de nacionalidad irreductible a la
dominación, el soporte de los planes de lucha gremial, las jornadas
insurreccionales, y la guerrilla. Esas instancias desembocaron en el regreso de
Perón en 1972 y el triunfo electoral del 11 de marzo de 1973.Las fuerzas
derrotadas en esos días históricos no estaban sin embargo destruidas, las
clases dominantes no se habían suicidado. Antes que se extinguieran los ecos de
los aplausos y las manifestaciones estaban poniendo en práctica el más lúcido
de sus planes: integrar no ya un peronismo perseguido con su jefe exiliado y
proscripto, sino al peronismo en el gobierno.Durante quince años Estados Unidos
había dedicado recursos y esfuerzos a la captación de los dirigentes sindicales
peronistas, con los cursos y las becas del Instituto para el Desarrollo del
Sindicalismo Libre, dirigido por la AFL-CIO y financiado por la AID con fondos
de la CÍA. Y uno de sus hombres inició en España la relación directa de la
Central de Inteligencia estadounidense con el entorno peronista, que luego
continuaría en la Argentina.La derecha peronista debía encargarse de impugnar
los designios revolucionarios desde las apariencias de un nuevo frente
nacional.La masacre de Ezeiza es también un escalón fundamental en la
aplicación de crecientes cuotas de terror contra la movilización popular, que
desbordaba todos los esquemas y rompía todas las tentativas de
sometimiento.Tres pronunciamientos históricos guiaron a la clase trabajadora:
los de La Falda en 1957 y de Huerta Grande en 1962, emitidos por plenarios
conjuntos de la CGT y de las 62 Organizaciones Gremiales Peronistas, y el
programa de la CGT de los Argentinos de 1968. En ellos se expresaron las
reivindicaciones de la base obrera antes que las clases medias volvieran al
peronismo, desde la izquierda revolucionaria, el nacionalismo católico o la
mayoría silenciosa.Incluían la planificación de la economía, la eliminación de
los monopolios mercantiles, el control del comercio internacional y la
ampliación y diversificación de sus mercados. La nacionalización del sistema
bancario, el repudio a la deuda financiera contraída a espaldas del pueblo, la
reforma agraria para que la tierra sea de quien la trabaja, formaban parte de
esos programas que el peronismo enarboló en los años de la adversidad y detrás
de los cuales se encolumnó para conquistar el futuro. Contemplaban la protección
arancelaria de la industria nacional, la consolidación de una industria pesada,
la integración de las economías regionales, la nacionalización de los sectores
básicos de la economía (siderurgia, petróleo, electricidad, frigoríficos), una
política exterior independiente y de solidaridad con los pueblos oprimidos.
Ezeiza - Escenas previas a los disturbios
El 11 de marzo de 1973 el Frente Justicialista de Liberación
sólo había llevado al triunfo un programa mínimo que no podía dejar de expresar
sin embargo los objetivos básicos del peronismo, las aspiraciones populares que
trascendían la formalidad de un acto electoral y que sólo podían ser
satisfechas en el ejercicio real del poder. Esto implicaba un sueldo digno y un
trabajo estable para todos, casa para los que no tenían casa, hospitales para
los enfermos, justicia para los que nacieron o envejecieron bajo la
injusticia.Su instrumento necesario debía ser un Estado Popular donde
participara la clase trabajadora decisivamente a partir de las estructuras que
se había dado, y no de aquellas otras que la dictadura instrumentó para
esterilizar sus luchas. Aparatos burocráticos, logias reaccionarias, asociados
con banqueros y generales no podían estructurar ese Estado, porque sus
intereses se oponían a los del pueblo.Las más claras exigencias históricas del
peronismo se daban en la relación del Estado Popular con las Fuerzas Armadas,
porque de tales relaciones dependía la existencia misma de semejante Estado. Un
Ejército que hasta el 25 de mayo había combatido en el frente interno contra su
pueblo, una Marina que nueve meses antes había ejecutado y justificado una
masacre imperdonable, sólo hubiera podido ser una apoyatura real del gobierno
peronista si se hubiera producido una profunda renovación en sus cuadros y su
doctrina y el acceso generalizado a posiciones de mando de oficiales
identificados con los objetivos de la Nación y subordinados a la voluntad del
pueblo. No eran suficientes Carcagno y Cesio, aislados en la punta de una
pirámide hostil.Estas eran las expectativas populares, pero había muchos
equívocos que en Ezeiza se disiparían brutalmente. Dentro de la concepción de
Comunidad Organizada, que Perón expuso por primera vez en un congreso de
filosofía en la década del 40, la clase trabajadora necesita organización
gremial pero no política, para actuar como factor de presión dentro de un
sistema donde la decisión reside en el Estado arbitro. Por lo tanto no hay
lugar en ella para la organización de la clase obrera como un poder en sí, que
a través del control del Estado conquiste el poder total y lo ejerza, como se
deducía de la práctica de los sectores más dinámicos del Movimiento, el
sindicalismo combativo, la CGTA, la Juventud, y de la teorización de las
organizaciones armadas peronistas.De estos sectores provinieron a partir de
1968 las acciones que forzaron a la dictadura a concebir una salida electoral
que incluyera por primera vez al peronismo como una opción aceptable. Lo
sucedido en Ezeiza el 20 de junio se resume así en una frase del discurso
pronunciado por Perón la noche del 21: "Somos lo que dicen las 20 Verdades
Justicialistas y nada más que eso". En ellas no cabía el programa
socializante que el peronismo se dio en la oposición, cuando la soledad de la
derrota lo redujo a poco más que su componente obrero. La proximidad del poder
a partir del derrumbe de Onganía en 1970 volvió a ampliar el espectro
representativo y generó contradicciones internas que deflagraron a partir del
25 de mayo con el regreso al gobierno, y dispersaron a las fuerzas contenidas,
a partir del 20 de junio.El hombre viejo y enfermo que descendió en la base
militar de Morón no podía salvar ese abismo, conciliar las tendencias
antagónicas que se mataban en su nombre. Intentó repetir su experiencia
anterior sin advertir que el frente de 1946 había respondido a una coyuntura
que no existía en 1973, y avaló a la derecha del Movimiento, lanzada en son de
guerra contra quienes pedían coherencia desde el gobierno con los objetivos de
transformación social profunda por los que se había peleado.La izquierda
peronista cometió errores que la condujeron indefensa al desfiladero del 20 de
junio. Ignoraba que eran tan peronistas las posiciones de sus adversarios
internos como las propias y planteó la pugna en términos de lealtad a un hombre
cuyas ideas no conocía a fondo. No se detuvo a consolidar los avances
conseguidos entre 1968 y 1973 ni a estudiar las reglas del juego de la nueva
etapa. Imaginó que su mayor capacidad de movilización y organización de masas
bastaría para inclinar la balanza en su favor frente a la dirigencia sindical
burocrática. Creyó que sería posible compartir la conducción con Perón en
cuanto éste reparara en su poder. Se acostumbró a interpretar la realidad
política en términos de estrategia militar, pero no previo que se recurriría a
las armas para frenar su marcha impetuosa. Fue a un tiempo prepotente e
ingenua.
Masacre de Ezeiza -
Informe TV de época
Los militares del Gran Acuerdo Nacional exhibieron mayor
sabiduría política. No participaron directamente en la masacre, pero crearon
las condiciones para su producción, apañaron sus preparativos y encubrieron a
los responsables, para que les desbrozaran el terreno de los obstáculos que
ellos no podían remover.En torno de la masacre de Ezeiza y de sus consecuencias
comenzó a manifestarse la alianza entre la derecha peronista y la derecha no
peronista, que tan clara se hizo durante el gobierno militar 1976-1983 y en los
comienzos de la restauración constitucional.El Rucci que en 1973 reúne y arma a
todos esos sectores es precursor del Herminio Iglesias de la década siguiente.
El mismo Julio Antún que en 1974 acompañó al coronel Navarro en el botonazo,
recibirá la adhesión del general Camps en un acto peronista de 1985. El C de O
y la CNU que Osinde puso sobre el palco de Ezeiza dieron sus hombres a los
servicios militares de informaciones para el control de campos de concentración
en la segunda mitad de la década del setenta, y para la intervención en
Centroamérica decidida por la dictadura al empezar la del ochenta. Al
peronista-reaccionario Osinde corresponde con simetría el
reaccionario-peronista Acdel Vilas. Por eso su estudio nos habla tanto del
pasado como del presente, en el que el C de O sigue idolatrando al comisario
Villar y los diputados del minibloque peronista exaltan a Galtieri.A pesar de
los años transcurridos no se ha publicado ninguna investigación sobre la
masacre de Ezeiza, que ha llegado a convertirse en nuestro mayor tabú político.
La interpretación que en forma difusa se ha ido imponiendo es la de dos
extremos irracionales que se masacran mutuamente, ante un pueblo ajeno a ambos
que sólo quería asistir a una fiesta.La investigación que empecé la misma noche
del 20 de junio, interrumpida y reiniciada varias veces en esta década,
consultando documentos oficiales, recogiendo testimonios de los dos bandos,
cotejándolos con fuentes públicas y con los materiales de los servicios de
informaciones a los que pude acceder, no demuestra esa hipótesis.En este libro
me propongo establecer:• que la masacre fue premeditada para desplazar a
Cámpora y copar el poder.• que mientras unos montaron un operativo de guerra
con miles de armas largas y automáticas, los otros marcharon con los palos de
sus carteles, algunas cadenas, unos pocos revólveres y una sola ametralladora
que no utilizaron.• que el grueso de las víctimas se originó en este segundo
grupo.• que el número de muertos fue muy inferior al de las leyendas que aún
circulan.• que los tiroteos más prolongados se entablaron por error entre
grupos del mismo bando, ubicados en el palco y el Hogar Escuela, y que tomaron
a la columna agredida entre dos fuegos.• que los tiradores ubicados sobre
tarimas en los árboles también respondían a la seguridad del acto.• que no hubo
combate sino suplicio de indefensos.• es decir, que los masacradores lograron
su propósito.
Extraido del libro "Ezeiza", de Horacio Verbitsky.




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