Se
cumplen cuarenta años del día en que el dictador de entonces, Alejandro
Agustín Lanusse, apoyado por su gabinete cívico-militar, tomó la
decisión de asesinar a los 19 prisioneros que se habían fugado del penal
de alta seguridad de Rawson que estaban alojados bajo custodia de la
Marina en la Base Almirante Zar.
El objetivo de Lanusse
con estas muertes era amedrentar y disciplinar a la juventud. No lo
logró, por el contrario, consiguió el efecto opuesto. Para la juventud
que ya venía participando de la lucha por la Liberación Nacional, la
Masacre de Trelew fue un disparador de voluntades que provocó la
incorporación masiva a lo largo y ancho del país. Jóvenes de todos los
sectores, estudiantes, trabajadores, desocupados, etc., abrazaron la
militancia como respuesta a la acción del terrorismo de Estado.
La
Masacre de Trelew es considerada el antecedente más fiel de lo que fue
después el terrorismo de Estado. Los métodos utilizados para cometer los
delitos de lesa humanidad continuaron con los mismos aberrantes diseños
que se utilizaron en la madrugada del 22 de agosto de 1972 en la Base
Almirante Zar.Para conocer y comprender lo sucedido allí nada mejor que
recordar una nota publicada por mi hermano Eduardo Luis Duhalde en la
revista La Maga el 19 de julio de 1998. Él, que fue uno de los abogados
que inmediatamente de sucedida la fuga del 15 de agosto viajó a Rawson a
intentar evitar que algo malo les sucediera a los prisioneros, que
estaban virtualmente secuestrados por el gobierno, fue también quien
durante casi cuarenta años, hasta su muerte, llevó adelante la denuncia
de los crímenes y la acusación a quienes fueron protegidos por los
poderes, hasta que después del 25 de mayo del 2003, pudo iniciar y
avanzar con la querella que en nombre de la Secretaría de Derechos
Humanos de la Nación hoy tiene detenidos y en pleno juicio a cinco de
los responsables de aquellos 16 asesinatos.
Una herida clavada en mi costado
Por: Eduardo Luis Duhalde
En
agosto de 1972, con mi socio profesional Rodolfo Ortega Peña, teníamos
cerca de trescientas defensas jurídicas de presos políticos. No fue de
extrañar entonces que lo de los 19 prisioneros que se entregaron a las
autoridades en el aeropuerto de Trelew –tras haber fugado de la cárcel y
no poder abordar el avión en que se alejaron sus restantes seis
compañeros– fueran defendidos nuestros, en algunos casos, en patrocinio
compartido con otros abogados.
Aquella madrugada en que
nos anoticiamos por llamadas periodísticas de lo ocurrido en el
atardecer y la noche anterior entre la cárcel de Rawson y el aeropuerto,
los primeros nombres conocidos nos indicaban que se trataba de varias
de las personas cuyas defensas técnicas teníamos a nuestro cargo. No
vacilamos en tratar de viajar a la cárcel de Rawson: fue imposible
hacerlo en avión. El gobierno militar había bloqueado todas las plazas
para el vuelo de ese día. Fue así como, a media mañana, iniciamos con
Ortega Peña junto a otros abogados (Rodolfo Mattarollo, Carlos González
Gartland, Miguel Radrizzani Goñi, Pedro Galín) un tenso viaje en dos
automóviles, que de Bahía Blanca para abajo fue objeto de trabas en
sucesivos controles policiales, tendientes a impedir o demorar nuestro
arribo a destino.Al llegar, comenzó una de las situaciones más
dramáticas que me tocó vivir en mi larga e intensa vida profesional. Muy
pocas veces sentí tanta impotencia y pude comprobar en tal grado el
desamparo que trae aparejado la ausencia de respeto a la ley y a las
garantías individuales con que someten los gobiernos militares a los
ciudadanos.
Desde la mañana del 17 de agosto, Rawson
parecía, por un lado, una ciudad ocupada, las patrullas militares la
controlaban, incluyendo hasta el comedor del Hotel Provincial. Pero, por
otro, era un páramo sólo recorrido por los fuertes vientos invernales:
los habitantes –sensatamente– sólo se dejaban ver lo indispensable. Una
indescriptible sensación de muerte nos embargaba, era una crónica
anunciada. Íbamos de la cercanía de la cárcel a la zona próxima a la
base Almirante Zar, donde tenían a los prisioneros, sin que en ningún
lado nos permitieran acercarnos.
Constantemente pedíamos
entrevistar al juez de la Cámara Federal Jorge V. Quiroga, que había
viajado desde Buenos Aires y que instruía el sumario, sin que accediera a
recibirnos: hasta llegamos a presentarle escritos pasándolos por debajo
de la puerta de su habitación del hotel, reclamándole seguridad para
nuestros defendidos.Todo era vano. Salíamos a la calle y éramos
vigilados, mientras los despachos militares y judiciales continuaban
herméticamente cerrados para nosotros. El clima era cada vez más
lúgubre: advertíamos que estábamos jugando tiempo de descuento: la vida
de los prisioneros corría cada hora más peligro y se nos escurría entre
las manos. Ortega Peña, Mattarollo, González Gartland y yo fuimos
detenidos junto al abogado de Trelew Mario Amaya, asesinado luego por el
golpe del '76, que no le perdonó su participación en la defensa de
aquellos prisioneros. Se nos amenazó con fusilarnos, y tras un recurso
de hábeas corpus presentado en Buenos Aires, fuimos liberados. Amaya
continuó detenido. Intentamos entonces hacer una conferencia de prensa
en el estudio de Romero, otro abogado de dicha ciudad. Un explosivo en
su puerta, impidió hacerla. Comprendimos que nada podíamos hacer allá.
Nos embargaba el dolor, la impotencia, el sentirnos absolutamente
inútiles frente a la negación de todo derecho. Lo único posible era
volver de inmediato a la ciudad de Buenos Aires, a denunciar que el
crimen avanzaba a pasos agigantados.
En la tarde del 22
de agosto, en la sede de la Asociación Gremial de Abogados, en nombre de
los profesionales intervinientes, Rodolfo Ortega Peña, en conferencia
de prensa, hizo pública denuncia de la situación y reclamó por la vida
de los 19 prisioneros. Esa noche un artefacto explosivo estalló en dicho
organismo. Concomitante con aquella denuncia, en la base Almirante Zar
la pedagogía criminal del terrorismo de Estado producía la masacre de
Trelew. Una danza de horror, en el pasillo y las celdas, dejaba 16
cuerpos inertes y tres heridos graves. La sangre en las paredes, los
restos de masa encefálica, las marcas de los centenares de balas
disparadas contra las víctimas indefensas, mostraba en plenitud la furia
homicida y ejemplificadora. Masacraban a estos jóvenes militantes, pero
apuntaban más que a sus corazones, a matar las utopías que anidaban en
ellos, sus sueños transformadores y su pasión argentina: no se condenaba
su metodología violenta; por lo contrario, aquel hacer de los marinos a
cargo del capitán Sosa era un himno a la violencia más extrema (sólo la
perversión hipócrita asesina sin piedad en nombre del derecho a la
vida).
Tampoco fue el exceso de una guardia ebria. Esta
había sido la mera ejecutora de una orden secreta y directa del
presidente Lanusse y de los comandantes en jefe. Trataban de restablecer
la autoridad de los militares, golpeada en su orgullo envanecido,
ahogando en sangre a los que habían osado desafiarla.Pero la vida de la
Nación, que es mucho más rica que los lineales propósitos dictatoriales,
hizo que Trelew fuera para el régimen de Lanusse lo que Malvinas para
el gobierno de Galtieri. Un gran espasmo, un enorme escalofrío e
indignación recorrió el cuerpo social. Un creciente sentimiento
colectivo de repudio y espanto embargó al pueblo argentino. Ocho meses
después, el 25 de mayo de 1973, esos militares debieron entregar el
gobierno, aunque tres años más tarde volverían a asaltar el poder para
producir el vasto genocidio.
En mi modesta historia
personal, percibí en Trelew, tan palpable como nunca antes, la
diferencia entre un estado de derecho y la barbarie autoritaria. En esa
comunión con la tragedia sentí la reafirmación del compromiso con los
derechos humanos y con la vida, que en medio de tanta impotencia y
fracaso recibía como un mandato irrenunciable.




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