Por: Alberto Lettieri / Fuente: www.elortiba.org
El 19 y 20 de diciembre de 2001, la sociedad argentina
experimentó un punto de inflexión. El colapso del modelo neoliberal,
sembrado por la dictadura cívico-militar de 1976 y abonado por las
gestiones de Carlos Menem y de Fernando de la Rua, concluyó con una
profunda crisis, que constituyó el preludio de una nueva etapa
histórica, caracterizada por la celebración de un nuevo pacto social en
torno a un nuevo proyecto, en clave productiva, nacional y popular,
liderado por Néstor Kirchner.
Las imágenes de esos sucesos están aún frescas en nuestras retinas,
razón por la cual la tarea del historiador consiste en este caso, más
que en reconstruir la trama histórica, en proponer una interpretación
sobre su significado y su potencialidad en el marco del proceso
histórico que le sucedió.
Una primera lectura sobre las jornadas del 19 y 20 de diciembre
permite explicarlas como una respuesta concreta a las últimas medidas
implementadas por el ministro Domingo Cavallo –déficit cero,
“megacanje” de deuda, recorte del 13% de los haberes a empleados
estatales e imposición del “corralito” financiero–, que significaban un
incremento del empobrecimiento de las grandes mayorías y de la
exclusión social. Estas medidas venían a coronar la inacabable sucesión
de políticas de ajuste, de entrega del patrimonio nacional y de
destrucción de los derechos y conquistas de los trabajadores que
reconocía sus orígenes en el derrocamiento del gobierno constitucional
de Juan Domingo Perón, en 1955.
La segunda mirada, en la que deseo detenerme, apunta a asignar un
significado a las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, en el
marco del proceso histórico que conduce hasta nuestro presente. Tal
como había sucedido en otras jornadas que impusieron un punto de
inflexión en la historia argentina, como el 25 de mayo de 1810 o el 17
de octubre de 1945, el protagonista excluyente del 19 y 20 de diciembre
fue el pueblo movilizado. La conciencia de estas dos características
comunes –punto de inflexión y protagonismo popular– condujo a algunos
de sus contemporáneos a interrogarse si el 19 y 20 de diciembre podría
significar una especie de nuevo 17 de octubre. A once años de esos
sucesos, resulta apropiado ensayar una respuesta.
El 19 y 20 de diciembre y el 17 de octubre. En principio, debe
consignarse que si bien pueden constatarse similitudes, también existen
muchas diferencias entre ambos acontecimientos. La más importante es
que, en tanto el 17 de octubre de 1945 el pueblo se movilizó en reclamo
de un programa concreto –la continuidad de las conquistas obtenidas en
los dos años precedentes– y juzgaba como garantía excluyente la
liberación y restitución de su líder, el programa del 19 y 20 de
diciembre se definía por la negativa, por aquello que el pueblo sabía
que no quería –ajuste, destrucción de las conquistas sociales,
corrupción–, al tiempo que juzgaba como requisito sine qua non el
desplazamiento de la clase política, tal como lo expresaba el lema “que
se vayan todos”.
De este modo, el 19 y 20 de diciembre nos presentaba a un pueblo en
estado de disponibilidad, pero carente de un programa y de un liderazgo
carismático capaz de sintetizar a ese colectivo, proponiéndole un
nuevo proyecto y un nuevo contrato social. Sus contemporáneos ignoraban
si el desenlace de este proceso, pero eran conscientes de la
potencialidad transformadora de la situación, en la medida en que esas
jornadas confirmaban la supresión de una condición esencial para la
imposición de un modelo de concentración de la riqueza y saqueo del
patrimonio nacional: la desmovilización social.
Esa desmovilización alcanzaba antigua data, ya que desde la
Revolución Fusiladora la dirigencia reaccionaria intentó eliminarla a
través de la prohibición y exclusión del peronismo, la supresión de las
garantías constitucionales, la imposición de políticas coactivas y el
Terrorismo de Estado, con la complicidad de medios periodísticos
transformados en multimedia oligopólicos. Tras un breve paréntesis
durante la “primavera democrática” iniciada con la asunción de Raúl
Alfonsín y clausurada bruscamente con la sanción de las leyes de
Obediencia Debida y Punto Final, una vez más la política de
tecnócratas, altos funcionarios y empresarios caracterizados se había
adueñado nuevamente de la escena.
La potencialidad transformadora. Hoy, podemos terminar de construir
ese relato en perspectiva, porque tenemos muchos más elementos de
juicio de los que disponían sus contemporáneos. Tras una profundización
del conflicto social durante la gestión de Eduardo Duhalde, que derivó
en los asesinatos de Maximiliano Kostecki y de Darío Santillán, las
elecciones del 27 de abril de 2003 adjudicaron la victoria a Néstor
Kirchner. Su exiguo capital electoral, apenas un 22,24% de los votos,
le exigió construir una legitimidad de ejercicio, a través de su
gestión, para garantizar la gobernabilidad. Justamente en la capacidad
demostrada para revertir esa precariedad inicial radica la clave de su
éxito, que no se limitó a consolidar su autoridad, sino que le permitió
establecer y consolidar una relación carismática en base a un programa y
un estilo político que permitió canalizar las expectativas sociales
mayoritarias.
Néstor Kirchner combinó un modo de acción desacantonado y
esencialmente pragmático, con un sólido programa que fue desplegándose
en la acción, operando sobre las coyunturas concretas. A diferencia de
sus antecesores, no se limitó a tratar de “apagar el incendio”, sino de
provocar una profunda transformación, reemplazando la matriz
especulativa y excluyente por otra caracterizada por la producción y la
inclusión social, y reinstalando la vigencia de los DD.HH. en nuestro
país. Para ello, consolidó la autoridad de un Estado colapsado por el
desguace y la crisis, restituyéndole su papel de garante y promotor de
los derechos sociales y no ya de los privilegios e intereses de
pequeños grupos privados o corporativos.
A diferencia de lo que se sostiene habitualmente, el Estado no había
estado ausente en los años ’90, sino demasiado presente, y así
garantizó la explotación, la corrupción, la entrega, la liquidación de
la justicia y de los derechos humanos esenciales, la concentración de
la riqueza, el disciplinamiento y la exclusión de las grandes mayorías,
la destrucción de las políticas sociales, etc. Fue un Estado presente,
tanto en lo que hacia, como en lo que deliberadamente dejaba de hacer o
dejaba hacer.
De este modo, las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001 marcaron
un punto de inflexión en el humor social, en la decisión de la sociedad
de ponerle un freno al programa neoliberal y a las prácticas de sus
instrumentos políticos. Su traducción en un programa político concreto y
en un nuevo liderazgo carismático capaz de implementarlo debería
esperar casi un año y medio más. El 25 de mayo de 2003 la asunción de
Néstor Kirchner replicaba ese quiebre en clave político-institucional,
diferente en sus formas, pero similar en su potencialidad
transformadora a las grandes gestas de la Patria de los argentinos.
miércoles, 19 de diciembre de 2012
Repensando el 19 y 20 de diciembre de 2001
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